Barrio de Santa Marina [un pregón]

Me habéis invitado a que pregone vuestras fiestas y eso, además de un gran honor, supone una inmensa responsabilidad. En primer lugar, le corresponde al pregonero conjurar los malos augurios e invocar buenos vientos para las celebraciones que anuncia, y no sé yo si no será ésa una misión excesiva para mí, que me estreno hoy en estas lides. Pero además, debo decir que estas fiestas no son unas fiestas cualesquiera. Parafraseando a un poeta muy querido, yo podría decir perfectamente que mi infancia son recuerdos de una pradera junto a un río. El río aún existe. De la pradera quedan algunas briznas verdes recortadas entre asfaltos. Lo demás sobrevive como puede en los desvanes de la memoria, ese espacio umbrío y caprichoso donde quedan bajo custodia las cosas que, para bien o para mal, definen lo que somos. Si es verdad que, como escribió Rilke, la verdadera patria del hombre es su infancia, yo no puedo negar que mi patria, o al menos una de mis patrias más queridas, dibuja sus contornos a lo largo de estas calles y estos patios. La melancolía es la pátina con la que el tiempo recubre la evocación de las felicidades pasadas. Al hablar de Santa Marina, al venir aquí a participar de vuestras fiestas, es inevitable que esa melancolía se adueñe de mi voz y mis palabras.

Yo me crié aquí al lado, en el bajo del número 2 de la calle Río Caudal. Había allí dos pisos que eran en realidad uno, porque sus puertas siempre estaban abiertas y el rellano, más que un lugar de paso, era una invitación constante a la fraternidad y la tertulia. No había miedo a los intrusos, porque ninguno lo era en un barrio en el que todos se llamaban por su nombre y quien más, quien menos, estaba al tanto de las alegrías y penurias que atravesaban sus convecinos. Volver a Santa Marina es regresar por un instante a aquel microcosmos de mesas camilla y charlas sosegadas en torno a los fogones. Es vislumbrar a la tía Livia sentada en aquel sillón de mimbre junto a la ventana desde la que se asomaba al mundo. Es observar al tío Gervasio haciéndose trampas a sí mismo al solitario antes o después de visitar a sus compadres en el bancu les mentires, que llamaba así porque, según decía, quienes se sentaban en él no contaban nunca una verdad. Es escuchar a la tía Julia, tan frágil y tan cariñosa, extraviándose en las evocaciones del pasado. Es reencontrarme con la tía Amor, a la que debo más de un aprobado en matemáticas y unas cuantas lecciones que no venían en los libros de texto del colegio. Es recibir cada domingo la visita del tío Tomás, jovial y dicharachero y dispuesto siempre a demorar la algarabía de las horas compartidas. Es volver a pasear de la mano de mi abuelo Julio, al que todos llamaban Júbar y que para mí fue siempre Ico, siguiendo itinerarios secretos que sólo él y yo conocíamos en torno al pequeño gran universo que se extendía entre el puente de la Perra y el puente colgante. Gracias a él conservo un montón de fotos en las que pervive con nitidez la luz de aquellos tiempos. Por desgracia, ya no puedo decirle cuánto se lo agradezco.

Pero no son ellos los únicos que acuden a mi memoria en este regreso, porque cualquier lugar, por pequeño que sea, resume a su manera el mundo, y porque una vez traspasada la frontera que antaño trazaban las vías del Vasco se abre ante los pies y ante los ojos un territorio mítico que vive por igual de la realidad y del ensueño y en el que puede ocurrir cualquier cosa. Yo no sé volver a Santa Marina sin ver, aunque ya no exista, la librería de aquel librero romántico y loco que se llamaba Carlos pero respondía por Clarín. No puedo pasar por la acera derecha de Doctor Fleming sin echar un ojo a la confitería que fue primero de Margarita y luego de Garo, y tampoco sin reinventar la vieja tienda de Carmina, tan propicia para los recados de última hora. No puedo venir por aquí sin extrañar la peluquería de Nacho, que tan bien me cortaba el pelo cuando aún había pelo que cortar, y con el que tantas y tan buenas charlas fui manteniendo a lo largo de los años. Tampoco dejo de escuchar la algarabía de los bares en cuyas terrazas proliferaban los cantos que anunciaban la primavera, del Tito’s al Fleming y de La Flor del Vino al Quijote. Y cómo voy a llegar al cruce de las colominas sin que el subconsciente me traicione preguntándome cómo bajarán de sucias las aguas de La Canal o si seguirá abierto a estas horas el carrín de Mariamor.

Hay muchos más. Porque Santa Marina, o mi Santa Marina, son también Aida, y Juanjo, y Desiree, y Cristian, y Pablo, y Nacho, y Héctor, y Carmina, y el huevero, y Tinina, y Hortensia, y Quina, y Victorina, y Faustino, y Marisol, y Alfredo… Nombres que evocan historias que evocan rostros, pero también rostros a los que mi memoria ha querido borrar su nombre y que terminan de perfilar el retrato a vuelapluma de este barrio que fue, que es, mi propia casa. Gente trabajadora, honesta y limpia que supo sobreponerse a las dificultades y que por mal que lo pasara nunca perdió la compostura ni la convicción de que la vida es un camino largo y dificultoso en el que las únicas salidas siempre son hacia adelante. Gente con la fuerza y el arrojo suficientes para encarar las adversidades, con ese peculiar sentido del humor que les llevaba a superar la contrariedad de tener que abandonar sus casas, cuando se las llevaba el río, bautizando el poblado de chabolas de uralita en el que les realojaban con el sugerente nombre de Perlorina. Gente que supo hacer de este barrio, de la placina a la iglesia y de la estación del Vasco a las primeras casas del polígono, un modelo de convivencia y de actitud cívica. Gente que convirtió estos recodos en un referente para la clase obrera de esta cuenca y de la otra. Gente que se fue a otros lugares llevando con ella las esencias de este barrio, pero también gente que se quedó aquí y que aquí plantó su casa, dando pie a nuevas generaciones que han heredado, heredan y heredarán ese espíritu inconformista y entregado que ha convertido este rincón en lo que es hoy. Un barrio que ha mantenido su carácter sin dejar de ser hospitalario, con un equipo de fútbol cuyas hazañas aún recuerdan los más veteranos del concejo, que presumió durante años de tener el bulevar más coqueto de toda la comarca, que ha sabido reinventarse a través de los años sin perder nunca de vista sus raíces primigenias. Un barrio tan rebelde como para empezar a numerar sus calles al revés, dando la espalda al ayuntamiento, pero lo suficientemente solidario como para arrimar el hombro siempre que se lo pidieran.

Para dar fe de todo ello, no hay más que asomarse al callejero. Cuando regresó la democracia y se rebautizaron las calles, cuatro fueron los nombres propios elegidos para designar otras tantas vías principales del barrio. Un pintor, Pablo Ruiz Picasso; un científico, Severo Ochoa; un poeta, Miguel Hernández; y una joven revolucionaria, Aida de la Fuente. Cuatro espejos en los que el barrio quiso mirarse para encontrar sus puntos cardinales. Acaso cuatro custodios laicos que secretamente han velado para que estas manzanas ancladas entre la ciudad y el río hayan navegado seguras por las corrientes turbulentas de la Historia. Porque si hace más de medio siglo, cuando estas casas empezaron a acoger a sus primeros inquilinos, Santa Marina era una especie de arrabal apartado de la ciudad por los nudos ferroviarios y las oscuras aguas del Duró, hoy en día nadie puede entender Mieres sin Santa Marina. Cuenta una leyenda urbana que incluso Françoise Hardy, que tuvo un ligue por aquí, se dejó en su día engatusar por estas calles. Los de otros barrios cuestionan la veracidad de esta historia. No han comprendido que Santa Marina engatusa a cualquiera, y que de ser falsa la única perjudicada sería la propia Françoise Hardy, que habría perdido la ocasión de conocer uno de los barrios más carismáticos del mundo.

Queridos vecinos: no sé si este pregón, entre nostálgico y sensiblero, es el más apropiado para dar por iniciadas vuestras fiestas, pero, ya que me habéis invitado, no quería irme de aquí sin deciros lo orgulloso que estoy de haberme educado entre vosotros. En Santa Marina aprendí muchas de las cosas importantes de la vida. Mentiría si dijera que os recuerdo. No os recuerdo nunca, porque para recordar algo hace falta haberlo olvidado antes, y vosotros siempre habéis estado en mi memoria.

Hace dos años se murió mi abuela Luz, que para mí fue siempre Ica. Ella fue el último vínculo activo que mantuve con el barrio. En los últimos tiempos, siempre que venía de visita lo primero que hacía era ir a verla, y ella y yo solos aprovechábamos para charlar en ese bajo de Río Caudal 2 que poco a poco se había ido vaciando de rostros y de voces y de ecos. No había vuelto por aquí desde sus funerales, y puede que también en eso haya un cierto componente de justicia poética. Me parece hermoso que, tras la tristeza de la pérdida, me hayáis invitado a volver para anunciaros la alegría de estas fiestas que os habéis ganado con vuestro sudor y vuestro trabajo y vuestro esfuerzo. Unas fiestas que, cual ave fénix, han vuelto a resurgir de sus cenizas porque son fiel reflejo del barrio que las inspira. Ese barrio que ha sabido estar a las duras y a las maduras, y que lejos de decaer avanza por estos primeros compases del siglo XXI con la firmeza que le da el conocer el secreto de las cosas bien hechas.

Disfrutad mucho estas fiestas. Las tenéis bien merecidas. Y son vuestras.

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Pregón leído el 27 de mayo de 2016, con motivo del inicio de las fiestas del barrio de Santa Marina [Mieres].

[Foto: Gabriel Muñiz Fernández]

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