Cerca del Duero

En los albores del siglo XXI, el corazón de Soria sigue latiendo al compás que marcan los biorritmos de la calle del Collado. La vieja arteria, que recorre de este a oeste el cogollo de una ciudad que parece vivir al margen de todas las épocas, nace en las inmediaciones de lo que un día fue conocido como la Dehesa y hoy responde al nombre de Alameda de Cervantes, se extingue en una plaza Mayor tan hermosa como sencilla y a lo largo de su breve pero enjundioso recorrido acoge comercios con sabor añejo y locales que parecen custodiar la memoria de un vecindario eternamente suspendido en sus apacibles rutinas provincianas. Uno de ellos aún alberga las dependencias del Casino Círculo Amistad Numancia, cuyos salones mantienen la pompa y la circunstancia de sus mejores y más lustrosos tiempos. Ante sus puertas, un broncíneo Gerardo Diego toma café mientras ojea una edición de sus propios poemas. La escultura no está ahí por casualidad. En el primer piso del Casino, en una sala bautizada hoy con su nombre, se conserva intacto el piano que solía tocar el autor del célebre romance compuesto en honor al río Duero, y una planta más arriba, en el segundo, se abre un peculiar museo que recuerda cómo un extraño giro del azar quiso que por Soria pasaran y dejasen huella algunos de los nombres más ilustres de nuestra literatura.

Cuando Diego llegó a la ciudad para ocupar su plaza de catedrático en el instituto, en 1920, ya no vivía en ella Antonio Machado, quien la había abandonado ocho años antes huyendo del recuerdo inmisericorde de su joven esposa muerta. Pese a eso, aún pervivía allí el aliento de unos versos, los de Campos de Castilla, que deben mucho a estas tierras y que nunca han llegado a abandonarlas por completo. Basta con posar el pie en Soria y dar un corto paseo de reconocimiento por sus rincones más evidentes para cerciorarse de que el vetusto caserío castellano no sólo no ha olvidado a quien fue, sin ninguna duda, su mejor cantor, sino que se esfuerza por mantener vigente su recuerdo y las palabras con que dejó inmortalizado el lugar que él conoció y que, más de cien años después, aún resulta perfectamente identificable. Podríamos decir, de hecho, que la Soria de nuestros días tendría difícil explicación sin el recuerdo de Machado, y que la vida y la obra de éste continúan arraigadas en la memoria sentimental de una población que disfruta al verse representada en tan alto referente. A lo largo de todo el casco antiguo aparecerán fachadas —las más deterioradas, o las que directamente amenazan ruina— que se presentan ante el viajero recubiertas por inmensas lonas en las que las efigies del poeta o de su malograda compañera lucen rematadas por determinados versos icónicos, y a poco que uno camine no tardará en tropezarse con los paneles que recogen un itinerario en el que se resume la estancia de Machado en Soria a través de un puñado de hitos. El primero, tal vez el más inexcusable, nos conduce sin remisión al instituto, el mismo en el que después también daría clase Gerardo Diego y que se sigue levantando a pocos metros del Collado, muy cerca de la bellísima fachada románica de la iglesia de Santo Domingo. Aunque su existencia lleva ya varias décadas asociada al nombre del poeta, el edificio carga con su propia historia: construido como colegio de jesuitas, su fábrica actual data del siglo XVIII después de que la original se desvaneciera víctima de un incendio, y la titularidad de la que hoy goza deriva de la famosa desamortización decimonónica que desposeyó a las órdenes religiosas de sus privilegios inmobiliarios. Así pues, ya era un centro educativo público, el Instituto General y Técnico, cuando Antonio Machado atravesó por primera vez sus puertas en 1907, y fue en 1958, diecinueve años después de su fallecimiento en Collioure, cuando el claustro de profesores decidió en sesión plenaria honrar la memoria de quien había sido uno de sus colegas más señeros poniendo su nombre a una de las aulas. El espacio persiste, más o menos tal cual, en nuestros días. No se trata exactamente de la clase donde Machado explicaba sus lecciones, pero bien pudo serlo porque el aspecto tiene que haber cambiado poco desde que él ocupara la tarima. Los pupitres, el encerado, la vieja mesa y el tosco mobiliario remiten sin margen de error a aquellos tiempos en los que comenzaba a desperezarse un siglo inclemente. Sólo hay dos detalles que, de forma inevitable, le devuelven a uno al presente en que se inscribe su visita: la amplia pantalla de plasma que alguien ha instalado tras la silla destinada al profesor y la vitrina que, al fondo de la estancia, reúne documentos relacionados directa o indirectamente con el hombre bajo cuya advocación se ha puesto el aula y con el periodo que le tocó vivir. Están, por ejemplo, los viejos boletines de calificación, con aquellos legendarios aprobados generales con los que el apacible maestro obsequiaba a final de curso a sus alumnos, y emociona encontrar su firma pulcra y perfectamente legible, de una pieza, al pie de las casillas destinadas a las notas. Y está también —y son unas gotas de rabia las que humedecen aquí el ánimo del visitante, quien no obstante también se sentirá enternecido por la tardía irrupción de la justicia poética— la orden ministerial de diciembre de 1981 con la que se rehabilitó a Antonio Machado como catedrático de instituto «a todos los efectos», desmadejando así, aunque sus consecuencias sean puramente simbólicas, el grotesco e inútil castigo —su destinatario había fallecido antes de que se llevara a efecto— impuesto por el franquismo contra quien llegó a convertirse en una de sus más recurrentes bestias negras.

[Artículo completo en Librújula]

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