Con Asturias como trinchera

Existe un libro importante para entender lo que fue, lo que tuvo que ser, la guerra civil en Asturias. Se titula Para parar las aguas del olvido y su autor, Paco Ignacio Taibo, relata en él sus andanzas infantiles en el Oviedo de los años que marcaron los prolegómenos, el transcurso y la prórroga del conflicto. Sin embargo, el empeño acaba ofreciendo otras claves que trascienden el mero tono memorialístico y confieren al volumen una singularidad y un valor reseñables a la hora de utilizarlo como fuente desde la que comprender las llagas que el golpe de Estado impulsado por el general Franco y sus acólitos terminaron abriendo en las entrañas de una sociedad ya de por sí proclive al cainismo. Se ha dicho y escrito mucho acerca de las nefastas consecuencias que tuvo la guerra para el acervo cultural de un país que en los cinco o seis años anteriores había intentado luchar a brazo partido para ganarse su puesto en la modernidad, y en ese sentido el libro donde el Taibo adulto rememora los primeros pasos por el mundo del Taibo niño proporciona —más allá de la curiosidad de que algunos de sus compañeros de juegos y lecturas de entonces ocuparan más tarde destacados roles dentro de los ámbitos literario y editorial, como ocurrió en los casos de Ángel González y Manolo Lombardero— un singular retrato del complejo panorama que se comenzó a dibujar en las letras españolas a partir del progresivo descubrimiento de las filiaciones ideológicas de algunas de sus plumas más singulares. El más llamativo, por contundente, es el capítulo que el autor dedica a glosar el abismo que abrió la política entre los integrantes de la Generación del 27. Una ruptura que Taibo expresa con la sencillez de un zagal que sólo puede tirar de sinceridad para cifrar cabalmente la medida exacta de sus decepciones: «Gerardo Diego no supo nunca qué buenos lectores tenía en Oviedo, y tampoco supo nunca qué buenos lectores perdió».

El hasta entonces ultramoderno Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987) perdió a esos lectores de la capital asturiana a causa de un poema en el que dictaba bélica sentencia. Publicado en 1938, «Soy de Oviedo» convierte la capital asturiana en un mitificado ejemplo de la resistencia y el sacrificio, virtudes todas ellas inherentes a las tesis que se denominaron «nacionales» para dejar bien clara su vocación unitaria frente a la sangrienta y anárquica jauría roja, y pone en boca de la mismísima torre de la catedral —que había sido bombardeada por los republicanos— un exaltado soliloquio a mayor gloria del general Antonio Aranda, urdidor del tristemente famoso doble juego mediante el cual su mano izquierda prometía lealtad a la II República al tiempo que la derecha le asestaba por la espalda una puñalada que acabaría siendo letal.

«Nunca supe lo que es miedo.
Soy de Oviedo.
Aunque me veis sin diadema
y mútil mi flanco enhiesto,
no supo arrancarme el gesto
esta metralla blasfema.
Ya mi estatura es emblema.
No quiero morir. No puedo.
Soy de Oviedo.
Porque el general Aranda
me dijo: «quieto», aquí estoy,
que si me ordenara: «anda»,
le respondiera: «allá voy».
Y echara a andar por la banda
pasos de piedra y denuedo.
Soy de Oviedo.»

No era extraño que Diego utilizara el ejemplo asturiano para ilustrar sus afecciones políticas, ya que era ésta una tierra que conocía bien. En la década de 1920 residió en Gijón, donde había obtenido la plaza como profesor de enseñanza secundaria, y desde esa ciudad dirigió dos revistas, Carmen y Lola, desde cuyas páginas empezó a gestarse el embrión de lo que, unos años después, sería la antología con la que iba a adquirir carta de naturaleza el grupo poético del que él mismo fue arte y parte. Quizás convenga recordar que Gijón, al contrario que Oviedo, se mostró fiel desde el primer minuto al régimen republicano y puede decirse que las suertes de ambos núcleos de población resultaron simétricas: hostigada la ciudad costera por las tropas fascistas —que sistemáticamente la bombardeaban por tierra, aire y mar, desde el buque Almirante Cervera, fondeado frente a la bahía— y la capital por los republicanos —que marcharon hacia ella desde los cuatro puntos cardinales de Asturias para tratar de desenredar la maraña tejida por Aranda y sus cómplices—, las dos acabaron convirtiéndose en emblemas de causas divergentes: Oviedo, en bastión por antonomasia del nacionalcatolicismo («ciudad mártir, invicta e invencible», rezaría durante décadas un sibilino subrayado que se incorporó a su topónimo), con la maltrecha catedral y el casi demolido edificio de la Universidad como huellas más visibles de una barbarie justamente expurgada; Gijón, en malhadado ejemplo de los desmanes marxistas, con el viejo cuartel del Simancas elevado a la categoría de baluarte de la honestidad y el sacrificio en pro de unos valores cuyo mantenimiento había exigido el derramamiento de la sangre de muchos hombres buenos. Probablemente Diego, al enarbolar aquel rotundo «Soy de Oviedo» —que tampoco supuso ninguna excepción en un periodo en el que el poeta iba a dedicar grandes loas a los artífices de la supuesta cruzada de liberación, igual que se las dedicaría luego a los voluntarios falangistas de la División Azul— saldaba sus propias cuentas, al reivindicar el valor Oviedo, una ciudad por la que siempre había sentido simpatía, a la vez que utilizaba las armas que le eran propias para despojar a una tierra por la que evidentemente sentía cierto afecto del marchamo revolucionario que había adquirido ya en octubre de 1934 y que estaba muy acentuado tras los acontecimientos de 1936. De paso, sustentaba unas expectativas que no tardarían en materializarse: finalizada la contienda, obtuvo una nueva plaza en el instituto Beatriz de Galindo, en Madrid, y allí permanecería hasta su jubilación, entregado por igual a sus clases y a una labor creativa que en lo sucesivo iba a obtener el reconocimiento de las instancias oficiales. De ello dan fe su pronto ingreso en la Real Academia Española, que le acogió en 1947, y los numerosos homenajes y reconocimientos que recibiría a lo largo de su dilatada vida y que tuvieron su colofón en el Cervantes, que obtuvo en 1979, cuando la transición iba a velocidad de crucero y parecía que estaba próximo a extinguirse todo aquello a cuyo servicio él, tan gentilmente, había puesto su pluma.

gdiego

No podemos saber qué pensamientos cruzaron por la mente de Gerardo Diego en el momento en que recibió el máximo galardón de las letras españolas. Si en algún momento llegó a hacer un somero repaso de su biografía, puede que le viniese a la cabeza el nombre de un antiguo compañero de fatigas cuya muerte, de la que tal vez Diego ni llegó a enterarse, se había producido menos de veinte años atrás. Nunca obtuvo un gran reconocimiento porque su firma siempre se mantuvo oscurecida por el fulgor que desprendían otras de más presencia y fuste, pero había ocupado la primera línea cuando, allá por los albores de la década en la que el siglo XX se hizo veinteañero, la batalla se centraba en una defensa sin tesón de las vanguardias. Pedro Garfias —salmantino de nacimiento, pero andaluz de crianza y convicción— nunca terminó la carrera de Leyes, pero a cambio estuvo en todas las salsas que cocían los mentideros literarios de Madrid, ciudad a la que llegó en 1918, con diecisiete años. Es más: llegó a proyectar con el propio Gerardo Diego un libro que, finalmente, nunca vio la luz. Fue abanderado del ultraísmo, frecuentó la Residencia de Estudiantes cuando había que frecuentarla, colaboró en diarios y revistas de carácter minoritario y participó en la fundación de la revista Horizonte. De procedencia humilde, se afilió al Partido Comunista en cuanto se proclamó la II República, y al estallar la guerra civil entendió que su sitio estaba en el mismo lugar en el que siempre había estado. Combatió en los batallones Villafranca y Bautista Garcet, ofició de comisario político en Pozoblanco y fue uno de los encargados de poner en marcha la llamada Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En 1937 publicó un libro que tituló Poesías de la guerra por el que, al año siguiente, le concedería el Premio Nacional de Poesía un jurado compuesto por Antonio Machado, Enrique Díez Canedo y Tomás Navarro Tomás. Fue una de las pocas alegrías que le deparó la escritura. Una vez finalizada (y perdida) la contienda, pasó un tiempo en un campo de concentración francés antes de poner rumbo a Inglaterra, donde según se cuenta empezó su afición por el alcohol, y desde allí desembarcó en el puerto de Veracruz, en México, como parte del primer contingente de republicanos españoles que llegaron al país azteca a bordo del buque francés Sinjania. Garfias —cuyo fervor marxista le llevó a cometer ciertos excesos dialécticos, como sus líricos halagos a Stalin— no regresó nunca a España ni abandonaría jamás México, donde se entregó por igual al periodismo y el alcohol para naufragar en una prolongada decadencia a la que sólo pondría fin su fallecimiento, el 9 de agosto de 1967.

pedro-garfías

Fue en el Distrito Federal donde se produjo el encuentro entre Pedro Garfias y aquel niño que, en el Oviedo de la guerra civil, se había visto defraudado por la deriva nacionalcatólica de Gerardo Diego. Cuando sus pasos se cruzaron, Paco Ignacio Taibo comenzaba a ser un destacado periodista cultural y su casa ya se había convertido en una suerte de reducto donde, antes o después, recalaban los exiliados españoles que vivían o pasaban por tierras mexicanas. Garfias, por su parte, era, pese a sus vicios, un periodista aseado. Le adornaba una cierta reputación de poeta maldito, que él mismo había dejado patente en obras como Primavera en Eaton Hastings —escrito durante su breve experiencia inglesa, en la que llegó a residir en un castillo—, Viejos y nuevos poemas o Río de aguas amargas. Sin embargo, tuvo que ser su primer libro, aquel laureado Poesías de la guerra que en 1941 reeditó en su país de adopción, retitulado como Poesías de la guerra española, el que terminó por acercarles definitivamente. En primer lugar, porque en sus páginas se sucedían poemas escritos desde la óptica de un republicano que esgrime y defiende sus principios y valores, pero también porque uno de aquellos textos hablaba, precisamente, de la tierra de la que procedía Taibo y que tan castigada había sido en los primeros compases del conflicto. En aquellos años, eran muy pocos quienes conocían la existencia del poema «Asturias», y lo cierto es que su impronta seguramente habría terminado desvaneciéndose de no ser por la intervención rocambolesca del azar. En los últimos estertores del franquismo, la censura se cebó con el entonces joven y rebelde cantautor Víctor Manuel, que decidió retirarse a México durante una larga temporada. Allí el poema se había hecho muy popular porque el propio Garfias acostumbraba a leerlo en los recitales que ofrecía en los Centros Asturianos y en las veladas que se organizaban en un restaurante llamado El Hórreo que, como se deduce de su propio nombre, era propiedad de un exiliado. En ese establecimiento recibió Víctor Manuel un homenaje de sus paisanos. Uno de los asistentes, Luis Roca, que había ocupado el puesto de consejero de Hacienda en el efímero Consejo Soberano de Asturias y León, se levantó para recitar los versos de Garfias, que había muerto unos pocos años antes. El  cantautor mierense los escuchó  y fue de inmediato consciente de su alcance. Si «Soy de Oviedo» constituía una suerte de artefacto propagandístico en favor de los sublevados y contra la barbarie roja, «Asturias» confeccionaba un relato legendario protagonizado por héroes anónimos, aquellos hombres y mujeres que desde las fábricas y las minas, desde el campo y desde el mar, habían unido sus fuerzas para luchar, y perder, contra un invasor que pretendía arrebatarles una idiosincrasia basada en la solidaridad, la lucha y el esfuerzo común. Pedro Garfias, que nunca había pisado la tierra a la que con tanta pasión cantaba en aquel poema, se erigía con ese texto el portavoz nunca escuchado de unos galones que volvieron a relucir poco antes de su muerte, con las huelgas mineras de 1962, y sus versos amplificaban el clamor que, pese a los muchos esfuerzos empleados por el régimen franquista en esa dirección, nunca pudieron silenciarse del todo.

«Dos veces, dos, has tenido
ocasión para jugarte
la vida en una partida,
y las dos te la jugaste.

¿Quién derribará ese árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado,
con su raíz entrañable

que corre por toda España
crispándonos de coraje?
Mirad, obreros del mundo,
su silueta recortarse

contra ese cielo impasible,
vertical, inquebrantable,
firme sobre roca firme,
herida viva su carne.»

Lo que vino después es cosa sabida: Víctor Manuel puso música al poema, la canción fue encontrando a su público y caló de tal forma que, allá por los primeros ochenta, un amplio sector de la izquierda propuso que fuera esa pieza, y no la tradicional «Asturias, patria querida», la que figurara en el inminente Estatuto como himno oficial de la recién nacida comunidad autónoma. No pudo ser, pero eso no impidió que la ciudadanía se la apropiase hasta convertirla en una especie de canto tribal, tan apto para culminar toda clase de protestas como para brotar con garbo en los momentos álgidos de bodas, bautizos y comuniones. En realidad, la suerte de estos dos poemas a la vez simétricos y antagónicos, «Soy de Oviedo» y «Asturias», en los que el territorio se convertía en una trinchera desde cuyos márgenes disparaban dos ideologías contrapuestas, ha seguido caminos inversos. El primero se ha convertido en una suerte de nota al margen dentro de la extensa obra poética de su autor. El segundo goza de una excepcional relevancia, pero incluso a día de hoy no son muchos los asturianos que saben que sus palabras se deben a las dotes literarias de Pedro Garfias y no a la inspiración del cantautor que las puso a circular por el mundo. La corta estancia de Gerardo Diego en Gijón es conocida y glosada con regularidad desde los más diversos púlpitos. En cambio, no hay en toda Asturias una sola calle que esté dedicada a aquel poeta andaluz que, pese a no haber puesto nunca el pie entre Pajares y el Cantábrico, supo reflejar el espíritu solidario y combativo de estos pagos norteños como nunca nadie lo había hecho antes, y que acabó sucumbiendo a su propio fracaso en medio de un penoso exilio, resignado a ser un perpetuo náufrago en las mansas aguas del olvido.

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