O Cardín o el diablo

Me gusta imaginar el asombro de la niña María Justina Sanz de Sautuola y Escalante cuando, en el verano de 1879, el azar puso ante sus ojos el milagro. No es el único caso: también he disfrutado, en mis visitas a los lugares que ellos descubrieron para el mundo, recreando el deslumbramiento gozoso, ese primer temblor, que tuvieron que experimentar el conde de la Vega del Sella, al saldar sus expediciones con éxitos, o el malogrado Tito Bustillo en aquella ocasión en que la luz de su linterna le devolvió la imagen de una cabeza de caballo que, impertérrita, había aguardado su visita durante unos cuantos miles de años. Sé que nunca descubriré unas pinturas rupestres, así que me vale con imaginar a los que sí lo hicieron en aquel trance irrepetible y fulgurante. Contaba Valentín Andrés que hubo en tierras de Candamo un vecino borrachín que solía ir a dormir sus melopeas al interior de una oquedad abierta en lo que siempre se conoció como La Peña, en lo alto del pueblo de San Román. En sus regresos a la aldea, contaba que allá dentro, a la luz de las hogueras que hacía para calentarse, podía ver cómo animales de toda clase y condición campaban a su antojo por los muros de la estancia apenas hollada desde quién sabe cuánto tiempo atrás. Como su afición por el alcohol era de sobra conocida, nadie le hizo caso y todos atribuyeron aquellos delirios a los efectos del vino o cualesquiera otros espirituosos. Cuando unos años después se descubrió en Candamo uno de los más importantes yacimientos de arte rupestre del noroeste mágico, aquel buen hombre ya había muerto y no pudo saber que sus visiones no habían sido el fruto de la embriaguez, sino un privilegio reservado a unos pocos mortales. ¿No es envidiable la suerte de un hombre que pudo disfrutar en soledad durante horas, a lo largo de varios días que conformaron toda una vida, del espectáculo único que se disponía sobre la que fue una de las primeras pantallas que concibió la humanidad? No sé por qué no se le pone en Candamo una estatua a aquel vecino que intentó profetizar la maravilla y sólo consiguió que los suyos hicieran oídos sordos ante lo que consideraron palabras necias.

Por todas esas razones, por esa sana envidia que siento hacia quienes se aventuraron a explorar entrañas de la tierra a las que yo no bajaré nunca, entiendo perfectamente a Cesáreo Cardín, que era ayudante del conde de la Vega del Sella cuando éste salía de prospección arqueológica y sorprendió a propios y extraños cuando un día llegó a casa de su amo asegurando que él solo había descubierto, por sus propios medios, una impresionante cueva repleta de magníficas pinturas rupestres que había que autentificar de inmediato. De esta historia ha escrito Juan Cueto, que también me la contó a mí una vez que quise saber cosas al respecto, y a ella se refirió en alguna ocasión Gonzalo Suárez, quien sacó en dos de sus películas las esculturas entre alucinadas y fantasmagóricas que el protagonista de esta historia dejó labradas para la posteridad en su jardín. Lo más sorprendente del descubrimiento de Cesáreo era que la cueva no había sido hallada en ninguna excursión en busca de restos prehistóricos, sino que, en esencia, fue la cueva misma quien salió a su encuentro: se encontraba en el sótano de su propia casa. El pobre hombre había asistido tantas veces a la gloria de los hallazgos ajenos que quiso protagonizar por una vez el suyo propio, aplicando esa máxima que dice que no hay mayor verdad que aquélla que se fabrica uno mismo. Cesáreo Cardín pasó a la historia como un impostor, pero yo creo que más bien debería ser tenido como un héroe. No sé cuánto tiempo pudo estar encerrado en la oscuridad de su bodega pergeñando aquellas pinturas que, según atestiguaron quienes las vieron, presentaban una factura impecable. Resulta admirable su empeño, su tesón, su virtuosismo en el esfuerzo de construir una leyenda a su altura. Como resulta digno de todo elogio que su señor el conde, en vez de reprocharle el trampantojo, prescindir de sus servicios y condenarle a un destierro eterno, se apiadara de su ayudante y discípulo con calidez paternal y hasta hiciera lo posible para dar validez al fraude. Si la polémica en torno a la autenticidad de las pinturas de Cardín se dilató hasta ocupar las primeras décadas del siglo XX, fue porque el abate Breuil, una de las máximas autoridades de su tiempo en lo que a estudios prehistóricos se refiere, firmó de su puño y letra un documento en el que acreditaba que aquellas eran, efectivamente, muestras ejemplares del mejor arte rupestre que podía contemplarse en Europa. El certificado se escribió, según dicen, en una servilleta con membrete del Hotel Pelayo de Covadonga, lo que demostraría que el cura erudito había sido invitado por el conde y su ayudante a una soberbia pitanza que terminó de convencerle de la buena fe de sus anfitriones asturianos. La cueva de Cardín lleva cerrada muchos años. Creo que la tenía comprada el ayuntamiento para hacer en ella no sé qué, pero entre la crisis económica y las dificultades que plantea presentar como activo cultural lo que no deja de ser una simpática carnavalada, la cosa quedó en agua de borrajas. No obstante, durante un tiempo se frecuentó mucho. Uno de sus visitantes fue el cineasta Sam Peckinpah, que quedó tan impresionado ante la visión de las pinturas que al salir de allí no tuvo más remedio que emborracharse durante seis días con sus noches. A la vuelta del coma etílico, aseguró que aquellas pinturas, si no eran obra de Cardín, tenían que serlo del mismísimo diablo.

cueva_cardin

[Foto: Pablo Batalla Cueto]

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