El puente de Salime

Se han evaporado las aguas del embalse y han salido a la luz, como emergen de cuando en cuando los secretos sumergidos, las ruinas de las casas del viejo pueblo de Salime. Asomado a la balconada de la presa, puede uno intuir los caminos y recodos que una vez transitaron los vecinos del lugar. Me contó Adolfo Rodríguez Asensio en una calurosísima tarde de verano, mientras comíamos en una taberna de Boal, que una vieja leyenda asegura que estos parajes fueron bautizados por el mismísimo diablo, quien en el tiempo que vio nacer a los primeros hombres sobre la tierra andaba saltando de risco en risco cuando un traspiés inoportuno dio con su cuerpo y con sus cuernos en las aguas del río. Se vio arrastrado por la corriente y, tras mucho forcejear y aprovechando un leve estancamiento del curso a la vuelta de un remanso, fue capaz de alcanzar la orilla, pero le pudo su indiscreción. El alborozado demonio comenzó a celebrar su gesta con grandes gritos proferidos a los cuatro vientos. «¡Salime! ¡Salime!», alardeaba hasta que unos cuantos lugareños, alertados por el estruendo, se acercaron hasta allá y al comprobar que el demonio en persona estaba haciendo escala en sus dominios le cogieron en volandas para arrojarlo de nuevo al caudal. Otra vez se vio el pobre Satán luchando por no ahogarse, y cuando por segunda vez consiguió escabullirse de las corrientes fluviales volvió a presumir, fuera de sí: «¡Subsalime ¡Subsalime!». Luego desapareció entre los bosques. Tiempo después, cuando las tribus fueron abandonando el nomadeo y comenzaron a instalar asentamientos fijos allí donde entendían que las condiciones eran propicias para la supervivencia, alguien recordó esa anécdota, que había corrido de boca en boca, de padres a hijos y de abuelos a nietos, y la utilizó para poner nombre a las aldeas que iban levantando para aposentar sus rutinas e instalar los cimientos de un incierto porvenir. Salime y Subsalime fueron, así, los primeros poblados que se fundaron en ese trecho del curso del Navia. Les siguieron otros como Salcedo, San Feliz, Doade, Saborín, Riodeporco, A Quintana, Barqueiría, Veiga Grande, San Pedro de Ernes, Vilagudín y Barcela. Todos ellos desaparecieron bajo el peso del progreso y de las aguas.

Ahora, como digo, se está desecando el embalse y puede apreciarse lo poco que queda del viejo Salime. Quienes llegaron a conocer el pueblo sin duda sabrán discernir algunos de sus edificios principales. Lo que ya no podrán ver, porque no existe, es el famoso puente que fue admirado por viajeros y autóctonos y cuya silueta componía una singular estampa en estos parajes cuya exuberancia no llega a camuflar del todo el aroma de la desolación. Cuentan que el puente se construyó hacia 1548, cuando reinaba Felipe II y oficiaba de regente Maximiliano II de Habsburgo, y que salvaba el desfiladero del Carpio. De él escribió José María Méndez-Valledor y Guzmán que se encontraba «enlazando el pueblo con el solitario templo dedicado a Nuestra Señora» y se presentaba «en tortuoso y espeluznante camino». Lo describía como un «gallardo puente de piedra de traza románica y de un solo ojo, apoyado a más de 40 metros sobre el río en gigantescas rocas cortadas casi verticalmente». Hasta que a finales del siglo XIX se construyó el puente de Salcedo, el de Salime constituyó un paso crucial para las comunicaciones entre Oviedo y La Coruña, y su singularidad y su apariencia inverosímil, encaramado entre dos rocas de altura inexpugnable, le confirió siempre un carácter totémico para los naturales de la zona. De su carisma da fe la única fotografía que se conserva y que tomó Octavio Bellmunt para incluirla en su monumental Asturias. Pero lo más excepcional del puente no tenía que ver con su apostura, sino con una enigmática inscripción que pocos llegaron a leer, porque figuraba en una lápida incrustada en su bóveda, en la que se hacía alusión a un tal Pedro de Pedre, natural de la vecina aldea de Castro, del que nadie ha sabido nunca dar la menor noticia. Según allí constaba, el susodicho Pedro de Pedre había sido el encargado de construir no sólo el puente, sino también la iglesia y el hospital de Salime y hasta la catedral de Lugo, adonde habrían ido a parar sus huesos en busca de cristiana sepultura. Ciriaco Miguel Vigil dudaba seriamente de que tal inscripción hubiese existido, por más que los vecinos aseguraran que la había copiado todo un empleado del Gobierno, porque entendía, no sin buen criterio, que nadie se esfuerza en labrar una lápida para colocarla después en un lugar en el que no puede ser vista. De Pedro de Pedre, pues, nadie sabe nada. Quien esto firma, cuando pretendió emular al viejo rey Alfonso y seguir los pasos que él dio desde su trono en la corte ovetense hasta el sepulcro apostólico de Compostela, quiso aprovechar su estancia en Lugo para recorrer todas las lápidas catedralicias por ver si alguna llevaba incorporada alguna clave en su epitafio. No encontró al buen Pedro de Pedre, como no lo encontraron los historiadores que le quisieron seguir la pista ni lo encontrarán, no al menos en su enclave natural, quienes en estos secos días invernales se asomen a la presa de Salime para otear la perspectiva de las casas derruidas. El puente se vino abajo en cuanto entró en funcionamiento el embalse, pero ni aun así Pedro de Pedre, de Castro natural, se fue del todo: en la vecina Grandas, donde algunos dicen que se instaló definitivamente el diablo cuando logró zafarse de las iracundas aguas del Navia, una calle principal lleva su nombre.

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[Fotografía: Octavio Bellmunt]

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