Atocha 55

Cada vez que viene la lumbrera de turno contando que la Transición fue una carnavalada, cuando a algún pimpollo le da por decir que la izquierda de entonces estaba domesticada, siempre que el de más allá aparece con recetas para cocer salsas de estrellas rojas, yo me acuerdo de ellos. Se llamaban Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal. Recuerdo que los mataron hace hoy cuarenta años, el 24 de enero de 1977, en un despacho laboralista de la calle de Atocha. Recuerdo que fueron víctimas de un terrorismo, el de ultraderecha, que rara vez computa en las estadísticas. Recuerdo que hubo quienes, en aquellos días, temieron con todo fundamento que pudiera frustrarse el difícil tránsito de la dictadura a la democracia. Y recuerdo que dos jornadas después, en sus funerales, el Partido Comunista de España dio una de las mayores muestras de valentía y dignidad y heroísmo que ha ofrecido a lo largo de su historia. Sin aquella actitud ejemplar —las imágenes del sepelio aún estremecen—, puede que no se hubiese logrado nada. Por eso está bien recordarlo en una fecha como ésta. Para que no se olvide. Y para evitar que, tantos años después, pretendan venir algunos a descubrirnos la pólvora.

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