Sabina, ese machista

Ocurrió hace algunos años. El escritor Hernán Migoya publicó un cuento en el que un violador contaba su vida en primera persona y, antes de que cantase el gallo, le cayó la del pulpo. Se le acusó de hacer apología de la delincuencia sexual, en determinados foros le pusieron de pervertido para arriba y hasta su editora tuvo que dar explicaciones por la imperdonable osadía de haber dado a imprenta un libro sin someterlo previamente a la censura de los eficaces guardianes de la moral imperante. El asunto se olvidó a los pocos meses, en parte porque todo el mundo lo consideró un hecho aislado, pero en los últimos tiempos lo que una vez fue excepción se ha convertido en norma y hoy hay que andar con pies de plomo —sobre todo si uno se dedica a escribir o realiza labores que conllevan una cierta exposición pública— si no quiere que le consideren un individuo sospechoso de corromper, con nocturnidad y alevosía, a la sociedad en su conjunto. Hace cosa de una década, cuando se iniciaron las restricciones contra el tabaco en lugares públicos, se trucó una fotografía de Jean Paul Sartre en cuyo negativo original salía el filósofo fumando un cigarrillo. El otro día, en Facebook, alguien recriminó al escritor Juan Soto Ivars que utilizara la palabra «negro» para referirse a un negro. Unas semanas atrás, un canal de televisión ejemplificaba la implantación del machismo en la sociedad rescatando un chiste de Miguel Gila. No son pocos los que esporádicamente arremeten contra aquel viejo gag de Martes y Trece en el que Millán Salcedo, disfrazado de divo de la copla, cantaba lo de «Maricón de España», por más que el propio Millán Salcedo fuese homosexual, aunque no se supiera entonces.

Ahora le ha tocado el turno a Joaquín Sabina. Laura Viñuela, que es musicóloga y experta en cuestiones de género, anda dando por Mieres unos cursos para alumnos de la ESO en los que explica que sus letras y las de algunos más —entre ellos el grupo The Police, de cuyo tema «Every Breath You Take» da una interpretación equivocada que ha desmentido en varias ocasiones su propio compositor— tienen un contenido claramente machista. En el caso de Sabina, pone como ejemplo dos canciones, «Contigo» y «Lágrimas de mármol». Respecto a la segunda, Viñuela piensa que emplear las palabras «puta vieja» (como hizo Fernando de Rojas en La Celestina, allá por las postrimerías del siglo XV) o utilizar la expresión «bailar con la más fea» implican una concepción falocéntrica del cosmos. En lo que tiene que ver con la primera —de la que María Jiménez, que fue víctima de maltrato, interpretó una versión espléndida—, la experta sostiene que el cantautor pide a su mujer o a su novia que le deje volar libre mientras ella se somete a las rutinas domésticas, cuando lo que más bien parece sugerir la letra es una invitación a huir, hombre y mujer, de los convencionalismos que suelen regir la vida en pareja.

Hasta aquí nada que objetar. Cada cual es libre de leer la realidad partiendo de sus propios prejuicios y puede opinar lo que le venga en gana. Me molesta, en cambio, que en una entrevista con el diario La Nueva España se atreva a soltar con total tranquilidad esta frase: «A Joaquín Sabina le hacemos la ola cada vez que asoma por esta región, pero tiene letras que son machistas y peligrosas, tanto o más, que el reggaetón». Me irrita, fundamentalmente, por dos razones: la superioridad moral de la que se cree investida para dictaminar a quién debe aplaudir la gente y a quién no, y la alegría con que se atreve a aseverar que una letra (o un poema, o una obra literaria) puede ser «peligrosa» por sí misma, sin que importe lo más mínimo la educación, el carácter o el bagaje cultural, social y familiar de sus receptores. Como llevo más de un cuarto de siglo escuchando las canciones de Sabina, me conozco bastante bien su repertorio. Por eso sé que en muchas piezas se caricaturiza a algunas mujeres —nunca a la mujer en general—, del mismo modo que en otras muchas se caricaturiza a unos cuantos hombres, empezando por él mismo. También que, si bien en algunas quien quiera encontrar ejemplos de sometimiento de la hembra por parte del varón podría hacerlo, existen otras —«Así estoy yo sin ti», «Que se llama soledad», «Eclipse de mar», «A ti que te lo haces», «Como un dolor de muelas», «Ahora que…»— en las que más bien se da el caso contrario, y que incluso hay ciertos temas —«Pisa el acelerador»— que casi podrían interpretarse como alegatos feministas. Por descontado, jamás he escuchado a Joaquín Sabina hacer apología de la violencia de género ni mostrar condescendencia, por mucho que se haga el canalla, con pedófilos o violadores. Rara vez las cosas se dan en blanco y negro, como se ve.

Respecto a la peligrosidad de las letras, bueno. No sé si alguien ha elaborado una estadística que desvele el porcentaje de maltratadores que se da entre los seguidores de Sabina, pero no creo que la proporción, si es que existe, sea alta. Tampoco pienso que los lectores de la Lolita de Nabokov se dediquen a abusar de niños, ni que los aficionados a los tebeos de Astérix se hayan despeñado por el abismo de la drogadicción, ni que los admiradores de Céline y su Viaje al fin de la noche, o de la música de Wagner, militen en sectas hitlerianas. Puestos a rizar el rizo, hasta podríamos recordar que El guardián entre el centeno, pese a ser el libro de cabecera de Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, y del psicópata Charles Manson, figuraba hasta hace bien poco como lectura recomendada para alumnos de secundaria, que es la etapa educativa en cuyos cursos da sus charlas Laura Viñuela, sin que se produjeran olas de asesinatos en serie en los institutos. También que, cuando Loquillo cantaba en sus conciertos aquello de «La mataré», nadie pensaba ni por asomo que quien hablaba en la canción fuese el propio Loquillo, y tampoco sus seguidores se lanzaban contra sus parejas al llegar a casa para hacer buenas las palabras de su ídolo.

Confundir al narrador con el autor suele ser un error propio de malos lectores. Creerse el apóstol de una verdad única y fundamentada en una moral que no atiende a matices acarrea a menudo incongruencias que no siempre son fáciles de resolver. Tiemblo de pensar lo que pueda ocurrir cuando los custodios de lo políticamente correcto se pongan a analizar las letras de «Una de dos», de Luis Eduardo Aute, «Sin ti no soy nada», de Amaral, o «Chelsea Hotel», en la que Leonard Cohen le cantaba a Janis Joplin aquello de «hablabas tan segura y tan dulcemente, mamándomela sobre una cama deshecha». También me pregunto por qué últimamente se lleva tanto eso de querer convertir las filias y fobias personales en categoría universal, y cómo es posible que sean precisamente quienes más alardean de progresismo y de amplitud de miras los que primero entran al trapo.

sabina

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