Náufrago en la meseta [VI]

El barrio fue en la Edad Media hogar de artesanos y teneros. Hubo, según cuentan, una alfarería famosa. Dicen que el propio nombre de la ciudad puede provenir de los olivos que había en la tierra sobre la que se asentaron las primeras casas que se construyeron en él. Edificios precarios que plantaban sus cimientos sobre terreno pantanoso, al pie del río, y que poco a poco fueron dibujando el laberinto doméstico que aún hoy vertebra sus calles, siempre en vueltas y revueltas que conducen inevitablemente al mismo sitio. Lo custodian dos iglesias románicas y lo habitamos unos pocos vecinos y el silencio, que sólo rompe de cuando en cuando el ruido de los coches que atraviesan apresurados la pequeña ronda que separa su caserío de la muralla. Una urbanización moderna ha convertido en reducto del medio standing lo que hasta hace relativamente poco fue simplemente cuna de plebeyos.

Una de las iglesias es, según los estudiosos, la más antigua de la ciudad. La otra es pasto de las leyendas. Ambas sobreviven con milenaria dignidad bajo el escrutinio del castillo y la torre de la catedral, siempre visibles allá en lo alto como síntoma inequívoco de que nada puede ni debe escaparse al escrutinio del poder. Los domingos se celebra un mercadillo en el que los pobladores más veteranos, aquéllos que llevan aquí toda su vida y se mantienen fieles a rutinas extinguidas hace mucho en el resto de la ciudad, se entregan a las viejas artes del trueque. Hay también tres molinos medievales, tres aceñas gemelas cuyos engranajes continúan batiendo el agua del río tal y como llevan haciendo desde hace siglos. En el barrio nunca pasa nada. Sólo el estruendo repentino de una persiana al bajarse, el chasquido de los portales al abrirse, el eco de unos pasos que van o vienen en mitad de la tarde desde la nada y hacia ningún sitio, dan fe esporádica de que también la vida se desenvuelve por estos arrabales. Al atardecer, desde las exiguas praderas que se extienden entre las últimas viviendas y el fluir del agua, la otra orilla parece una quimera inalcanzable.

olivares

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