Por los ríos de Albanta

Hubo una vez una palabra inventada que terminó dando nombre a un territorio imaginario, y hubo un niño que miró el mar desde el puerto de Manila sin intuir que mucho tiempo después se encontraría a sí mismo en la consumación de un recorrido tan coherente como inapelable. Anda Luis Eduardo Aute conmemorando el medio siglo transcurrido desde que empezó en esto de la música, y lo hace entrelazando su pasado y su presente en uno de esos conciertos que sólo pueden permitirse quienes verdaderamente cargan una obra consistente a las espaldas. Tres horas largas, más de treinta canciones y esa sensación final que planea entre el respetable de haber presenciado algo histórico o, como poco, difícilmente repetible: la gozosa celebración de un cancionero que trasciende épocas y generaciones porque tiene la capacidad de situar a cada cual ante el espejo para ponerle a escrutar sus luces y sus sombras, esos recovecos del alma en los que anida el secreto último del animal que somos y también el poso de esa incógnita esencial a la que nunca nos atrevemos a enfrentarnos.

No falta ni sobra nada en el concierto, que se abre con la proyección de un cortometraje titulado Vincent y el giraluna en el que Aute explora esa dualidad sobre la que siempre ha establecido el eje de sus reflexiones. Es un prólogo hermoso y pertinente a una ceremonia que se inicia cuando entra en escena la banda para acometer los acordes que dejarán abierto el paso al primer tema de la noche. «Cierto que huí de los fastos y los oropeles», canta Aute en «Me va la vida en ello», esa declaración de principios o de finales con la que acostumbra a abrir sus conciertos en los últimos años, y nadie puede acusarle de lo contrario. La escenografía es tan sobria como el cuarteto de músicos que le rodean sobre la tarima, capitaneados por el inefable Tony Carmona. No hay grandes juegos de luces, ni efectos visuales, ni prestidigitaciones que distraigan la atención de lo esencial. Aquí hay sólo dos cosas importantes, palabra y música, y ambas se van adueñando poco a poco del teatro ante un auditorio que únicamente se atreve a acompañar por lo bajini, como si sintiesen el suficiente respeto por lo que está sucediendo allá arriba como para no arriesgarse a mancillarlo con entonaciones inadecuadas. Suenan canciones antiguas, que no viejas, y el personal asiente y sonríe al reconocerlas y acompaña levemente el ritmo balanceando la cabeza o palmeándose los muslos. Llega el turno de piezas más recientes y quienes habían perdido el hilo en estos últimos tiempos agudizan la atención para constatar que Aute nunca ha dejado de hacer buenas canciones ni se ha permitido el lujo de mecer su talento en las peligrosas redes de la autocomplacencia. Hay conciertos que valen por toda una vida, y la vida de Aute ha venido dejando tras de sí un abrumador rastro de excelencia que no puede rebatir nadie. Da fe de ello todo lo que va sonando, que es mucho y bueno; unas veces lógico, otras inesperado y siempre pertinente. Desfilan partituras de las épocas primerísimas («De paso», «Rosas en el mar», «Aleluya nº 1»), composiciones de las que enardecen al respetable hasta el punto de arrancarse a corear los estribillos («Pasaba por aquí», «Una de dos», «Imán de mujer», «No te desnudes todavía»), jirones irrenunciables de una autobiografía sentimental en la que es difícil no reconocer ciertos tramos de la propia vida de cada cual («Siento que te estoy perdiendo», «Dos o tres segundos de ternura», «Volver a verte», «Quiéreme», «Todo es mentira», «Sin tu latido»), pequeñas y delicadas rarezas que han terminado convirtiéndose en clásicos por su capacidad de infiltrarse en imaginarios sentimentales distintos y distantes («Hafa Café», «Cada vez que me amas», «Cine, cine»), impecables invocaciones a magias verbales y sonoras («Slowly», «Alevosía», «Mojándolo todo») y algunas muestras del último Aute («A día de hoy», «Atenas en llamas», «Señales de vida»), que es, no puede ser otra cosa, el Aute de siempre.

Hay, con todo, dos momentos excepcionales dentro de un recital que alcanza la categoría de sublime. El primero ocurre más o menos a mitad del espectáculo, cuando la banda deja el escenario y el artista se parapeta tras la guitarra para entonar, sin más envoltorio que el que le proporcionan las seis cuerdas, esas tres obras maestras que alumbró en el álbum Rito («Dentro», «Las cuatro y diez», «De alguna manera») y añadirles de propina la espumosa «Anda». El segundo, aún más impactante, se da tras la interpretación de «La belleza»: Aute se vuelve a quedar solo en el escenario y empieza a entonar a cappella, sin coros ni acompañamientos que valgan, la paradigmática «Al alba». Escuchar cómo su voz en carne viva desgrana los versos que componen esa estremecedora elegía a los últimos condenados a muerte por el franquismo pone los pelos de punta y deja el ánimo encendido para aplaudir hasta la rabia lo que ya hubiera sido un colofón irreprochable. Pero aún hay más: un bis pequeño pero enjundioso que abre con esa joya mínima que es «De la luz y la sombra» y al que pone punto y final el delicadísimo himno con el que aquel niño que una vez se asomó al mar perfiló las fronteras ilusorias de un lugar que nos atañe a todos. Ése que riegan ríos por los que vuelan las alas del agua y en cuya geografía ficticia desemboca el mar al que aquel niño de Manila fió el futuro de sus mejores sueños: aquellos por los que, pese a todo, navega la felicidad.

leaute

Foto: Europa Press

[Asturias24, 17 de abril de 2016]

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