Apoteosis de cantautor con sombrero

Vino Silvio a cantar como quien acude a proclamar la primavera y el cielo le recibió descorriendo su telón de turbios nubarrones para abrir paso a un sol frío cuya luz anticipaba el fulgor reconfortante de las tardes felices. No habíamos vuelto a saber por estas latitudes del cubano desde que, a últimos del siglo pasado, compareciera junto a Luis Eduardo Aute en la arena del Bibio y había viejas y nuevas cuentas que saldar entre el artista y su público norteño. Trovero de la nueva trova, cantor de la revolución y sus contradicciones, explorador de las penumbras personales y políticas acumuladas en las siete décadas que carga sobre sus espaldas, el viejo cantautor con sombrero —en realidad, visera— desparramó su voz afilada y cristalina por el cancionero de ausencias que ha venido confeccionando con pulcritud y coherencia para entusiasmo de una parroquia ansiosa por entregarse desde el primer minuto, quizás para ver si el calor del alma podía paliar la gelidez de un Palacio de los Deportes reconvertido para la ocasión en un auditorio improvisado en el que nadie avisó al conserje, ay, de que a estas alturas del año aún no resulta prudente apagar la calefacción.

Un marxista de la escuela ortodoxa podría explicar el concierto recurriendo a la consabida triada hegeliana de la tesis, la antítesis y la síntesis. A un vulgar cronista, sin embargo, le basta con desempolvar la estructura básica de planteamiento, nudo y desenlace. El Silvio que apareció sobre el escenario tras una breve obertura instrumental de sus músicos —grandísimos todos, pero en especial la única mujer de la banda (y mujer, además, del artista), una Niurka González capaz de convertir el viento en magia— era un Silvio que venía a presentar sus credenciales desde el presente más estricto, en el que no faltaba una concesión a su pasado. Arrancó el concierto con la misma composición que abre su último disco, «Una canción de amor esta noche», y del elepé aún caliente manó un flujo torrencial que desembocó en una tetralogía compuesta en 1970 y casi inédita hasta que el cantautor se decidió a registrarla completa en ese último trabajo que ha titulado Amoríos. Digo casi porque una de las piezas que la conforman es la bellísima «Óleo de mujer con sombrero», que al sonar en una cadencia más pausada que la de su grabación original propició la primera ovación de la noche y despertó ese raro sentimiento de unidad que hermana a los extraños cuando se descubren enredados en una causa común.

A veces los conciertos son una liturgia, y el de Silvio adquirió plenamente esa condición cuando, tras otro intermezzo instrumental que el respetable aprovechó para enfundarse los abrigos —hacía mucho frío, francamente— o salir corriendo hacia la barra en busca de más cerveza, la cosa entró en una segunda fase (¿antítesis o nudo?) en la que irrumpió el pretérito pluscuamperfecto de un repertorio perfectamente engarzado en su lugar y su tiempo. El trovador se arrancó con «Mujeres» y después fueron apareciendo poco a poco, como píldoras de un sueño, himnos tan rotundos como «La maza» o «El necio», la delicada rareza de «San Petersburgo» —a cuya interpretación precedió el relato de una anécdota protagonizada por Gabriel García Márquez en un avión con rumbo a México—, el existencialismo onírico de «Sueño con serpientes» o el carisma inagotable de «La era está pariendo un corazón», una de esas canciones que se acaban erigiendo en reflejo y paradigma de la generación que las engendró y la época en que fueron concebidas. La velada se había puesto tan cálida que nadie se creyó la falsa despedida presentada así, en frío, sin una síntesis o un desenlace que llevarnos a la boca. El broche dialéctico-narrativo lo pusieron «Pequeña serenata diurna» y «Ojalá», dos piezas tan hermosas como irrenunciables. Habría sido bastante, pero Silvio, que es un caballero, no quiso faltar a los más elementales protocolos del rigor poético. Consumada la apoteosis, sólo quedaba subir la apuesta. Como en las mejores noches primaverales, la velada se extinguió derramando una gota de rocío.

silvio

[Asturias24, 11 de abril de 2016]

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