Los días que pasan [I]

Jueves, 21 de enero / «Es más difícil elegir la portada que escribir lo que viene dentro». La frase es una boutade que me traslada una persona con la que comparto ciertas dudas que me surgen al elegir la que será la cubierta de mi próximo libro, pero pese a todo no deja de haber en ella algo de razón. Es gracioso que, tras pasar meses o años enfrascados en elegir con perfección milimétrica las palabras idóneas para expresar justo aquello que pretendemos contar —cuando ya estamos acostumbrados, por tanto, a tomar decisiones difíciles y definitivas—, en no pocas ocasiones nos paralicemos al vernos en el trance de elegir tal o cual ilustración para rematar el conjunto. Quizás sea algo normal: a fin de cuentas la cubierta no deja de ser el traje con el que se presenta en sociedad la criatura, y uno nunca quiere llegar a una fiesta con la americana descosida o un roto en el pantalón, ni aparecer en el salón de baile con unas ropas que desmerezcan o resulten frívolas o puedan suscitar el reproche o la hilaridad de los anfitriones o de los otros invitados. Es una suerte que mi editor, que en este caso vendría a ser quien organiza el baile, sea un hombre con paciencia.

Viernes, 22 de enero / Mi intención es ceñirme al prólogo, pero soy incapaz y termino adentrándome, varios años después, en el meollo. Hay libros de los que uno guarda un recuerdo en el que pesa tanto lo leído como las circunstancias en que se leyó. Es lo que me ocurre con El jinete polaco, la novela de Antonio Muñoz Molina que reedita ahora Seix Barral con motivo de su 25º aniversario y en cuyas páginas tuve yo la sensación, hace más de una década, de que se estaba fundando todo un mundo. A mi lado Elna duerme sobre la pequeña cama que le hemos dispuesto con unas mantas viejas y tras la ventana el viento agita las ramas de los árboles que adornan las aceras del barrio. Yo simplemente quiero atender a las explicaciones de su autor, que dedica un prefacio breve y enjundioso a relatar la génesis de la que casi todos siguen considerando su obra maestra, pero esas explicaciones se acaban convirtiendo en una puerta abierta hacia la misma habitación en la que yo, a mis veintipocos años, padecí los inviernos crudos de una Mágina tan hospitalaria e irreal como esos sueños de los que uno no querría despertar nunca, y cuando me doy cuenta estoy enfrascado en la relectura de esta gran epopeya colectiva que es también la crónica del encuentro con la propia identidad a partir del más completo desarraigo, metaforizado en el ese jinete que, tantos años después, nos mira desde el cuadro en el que le pintaron sin llegar a desvelarnos completamente su enigma.

[Artículo completo en Asturias24]

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«El jinete polaco» (Rembrandt)

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