Gente que pasa y se va

Me escribe Raúl desde la ciudad en la que lleva viviendo ya unos cuantos años. Me dice que su madre le ha llamado para contarle que ha muerto un chaval de nuestra edad. «Vino con nosotros al instituto, tal vez lo recuerdes, se llamaba…» Y da un nombre y un apellido que yo recuerdo perfectamente y de repente se me dibuja en la memoria la figura de un chico bajito, gordo, con unas gafas de culo de botella y una nariz puntiaguda que le conferían a su rostro un aspecto peculiar. Recuerdo que durante el tiempo que le traté —y fue largo pero esporádico, porque además de al instituto fuimos al mismo colegio, pero pese a tener idéntica edad nunca coincidimos en la misma clase y sólo nos acercamos el uno al otro en ocasiones contadas, siempre con motivo de alguna excursión, o en los recreos— solía pensar que, de existir la reencarnación, sin duda él habría sido un topo en una vida anterior, o puede que fuese a serlo en una futura, tales eran las pintas con las que se desenvolvía, con los hombros encogidos y la cabeza medio hundida entre ellos y balanceándose hacia delante y hacia atrás con cada paso que daba. Era un tipo amable, pero también estrafalario: se mostraba tan indiferente hacia casi todo que no parecía percatarse de su apariencia gris y vulnerable, ni daba la impresión de sentirse perturbado por sus escasas dotes para la sociabilidad. No recuerdo haberle visto nunca jugando al fútbol fuera del colegio, ni comiendo golosinas en algún banco del parque con los compañeros de clase, ni tampoco bebiendo alguna copa o fumando un primer cigarrillo en la edad adolescente, cuando hasta los más tímidos se atrevían a lanzarse, aunque sólo fuera de vez en cuando. Únicamente lo veíamos paseando algún fin de semana en compañía de sus padres, calle arriba y calle abajo. Siempre saludaba con suma amabilidad y escasísimas palabras.

Al recibir la noticia de su muerte he reparado en que hacía ya más de una década que no sabía nada de él, por más que alguna vez sí le recordase y me preguntara, sin esforzarme en encontrar respuesta, qué habría sido de su vida. (Era uno de esos interrogantes vagos que surgen en las tardes ociosas o en los arrebatos de melancolía: dónde andará fulanito, cómo le irán las cosas, habrá sentado la cabeza o seguirá tan tarambana o solitario o simpático o gracioso como siempre). He leído la esquela en la que venían anunciados los funerales por el eterno descanso de su alma y he podido comprobar que seguía viviendo donde siempre y que falleció en un hospital, quizás a consecuencia de un accidente o una enfermedad, más probable lo segundo, ya he dicho que siempre dio la impresión de ser un tipo extremadamente débil. Les comenté toda la historia a otros dos amigos de aquellos tiempos cada vez más remotos, dos personas que también habían conocido al finado y para las que también se había terminado convirtiendo en una sombra lejana. La impresión fue exactamente la misma en ambos casos, idéntica a la que yo había tenido: llevábamos demasiado tiempo desentendidos de la suerte de aquél que ya era sólo una silueta vagamente familiar, un recuerdo lejano al que convocar sin demasiada convicción cuando no hubiera mejor cosa que hacer. Igual que yo, se sintieron súbitamente entristecidos al conocer la desgraciada novedad, e igual que yo lamentaron no haberle dedicado algo de tiempo a quien ya no iba a necesitar de nuestros desvelos nunca.

[Artículo completo en Asturias24]

lacibeles

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