El sabio del norte

Siempre que pienso en Juan Cueto, recuerdo una imagen del día en que nos conocimos. Yo había ido a su antigua casa de Somió para hacerle una entrevista cuya excusa radicaba en una reciente promoción de la Caja de Ahorros de Asturias, que de pronto había puesto a la venta la colección completa de Los Cuadernos del Norte, la revista que él había fundado y dirigido a lo largo de la década de los ochenta, y cuando llegué allí el fotógrafo, que se me había adelantado, le tenía posando en el jardín. De aquella sesión salió una instantánea que refleja a Cueto sentado en una hamaca, con un libro entre las manos, mirando al cielo con aire distraído, y esos tres elementos resumían, de alguna manera, la percepción que yo me había ido forjando de él desde que, en mi adolescencia, leí, por indicación de mi padre, algunos de sus textos fundamentales. Por aquellas fechas (le entrevisté en octubre de 2009), Cueto llevaba ya un tiempo desaparecido del mapa y yo, personalmente –luego descubrí que a mucha más gente le ocurría lo mismo–, echaba de menos sus opiniones acerca de un mundo cada vez más sumido en una crisis tan brutal como inédita y revolucionado por la constante renovación de las nuevas tecnologías y el influjo cambiante que éstas iban ejerciendo sobre la sociedad. Durante muchos años, él había explicado no sólo por dónde estaban yendo los tiros, sino también por dónde tendrían que ir, y sus artículos constituían una brújula irrechazable para navegar por la vida sin perder el rumbo de los tiempos. Cuando aquella tarde el fotógrafo concluyó su trabajo y él y yo nos pusimos a charlar en la sala de estar de aquel chalet centenario al que su primer dueño había bautizado como Villa Josefina, me encontré a un Cueto crepuscular y atónito, incapaz de comprender bien por qué nadie entendía lo que para él siempre había estado claro. «El progreso fue un fracaso», me dijo, «porque el progreso no es sólo lo que está delante; el progreso es bueno porque acumula memoria, pero el problema viene cuando salta por encima de la memoria y lo liquida todo, y yo ahora mismo me encuentro en un estado de perplejidad tremendo porque creo que se ha tratado el progreso muy aceleradamente».

Aquella entrevista me causó una impresión bastante honda. Sobre todo, porque hacía mucho tiempo que Cueto no daba a conocer sus opiniones, pero también porque nadie esperaba que de su boca saliese un reconocimiento de ese calibre. El cineasta Gonzalo Suárez me había dicho una vez, mucho antes de aquel primer encuentro en Villa Josefina, que lo bueno de tener cerca a Juan Cueto era que éste siempre podía explicar las cosas cuando nadie era capaz de entender nada, y si Juan Cueto no podía entender los nuevos tiempos, qué podíamos esperar nosotros. No era una impresión aislada. Todos los que conocieron de cerca a Cueto, todos los que convivieron con él en algún momento de sus años más activos, esto es, los que fueron de los principios de la década de los setenta a las postrimerías de la de los noventa, pueden dar y dan fe de lo difícil que resultaba seguirle el ritmo. Lo expresó muy bien Francisco García Pérez cuando escribió: «Tan imposible era que Aquiles, el de los pies veloces, alcanzase a la tortuga, como que cualquiera de quienes en los setenta estudiábamos en la Facultad de Filosofía y Letras diera caza a Juan Cueto. Según la paradoja de Zenón, para cuando Aquiles hubiese salvado la distancia que lo separaba de la tortuga, el reptil ya habría recorrido otro tramo que, a su vez, debería caminar el héroe si quisiera llegar hasta ella, aunque, para entonces, ya el quelonio habría avanzado otro trecho que, a su vez, debería recorrer el héroe, etcétera. Nunca alcanzábamos a Juan Cueto, porque, cuando llegábamos, se había ido al paso siguiente».

[Prólogo completo a Cuando Madrid hizo pop]

juancueto

Foto: Álex Piña / El Comercio

[Entrevista a Juan Cueto: «El progreso fue un fracaso»]

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