Suspiros del España

De mis primeros viajes a Madrid recuerdo la silueta del España recortándose en la noche como un faro cuyas luces anunciaban la inminencia de la ciudad. Me dejaba el autobús al pie de la vieja Estación del Norte y yo atravesaba con mi maleta el túnel de la Cuesta de San Vicente, excitado y temeroso ante lo que pudieran depararme unas calles aún ajenas y, hasta cierto punto, inhóspitas. La mole rectangular del España se dibujaba a la salida del pasadizo como una bienvenida triunfal, con sus ventanas desvelando la intuición de un fulgor que era el fuego que epataba a los muchachos de provincias que jugábamos a sentirnos escritores malditos en pleno viaje sin retorno hacia el corazón de la gran urbe. Eran otros tiempos: acabábamos de inaugurar un nuevo siglo y creíamos que las quimeras estarían siempre al alcance de la mano.

Pasé la otra noche, por puro azar, frente al España. Hace tiempo que el edificio se difumina en los atardeceres para atravesar como una sombra las penumbras madrileñas, como si nunca hubiera existido y en el solar donde se alza no siguiera languideciendo su hercúlea musculatura de hormigón. Quienes caminan a su vera apenas tienen tiempo para recordar que se levantó entre 1948 y 1953 y que sus 25 plantas, sus 117 metros de altura y sus 29 ascensores causaron sensación en aquella capital que comenzaba a saborear las mieles del desarrollismo. La Torre Picasso, los edificios inclinados que presiden la plaza de Castilla y los ampulosos rascacielos que se yerguen donde una vez estuvo la Ciudad Deportiva han modificado el skyline de la ciudad lo suficiente como para que nadie extrañe demasiado al coloso vencido y postergado. Hay un documental espléndido, Edificio España, que se asoma a las entrañas del gigante en los tiempos recientes de la demolición e ilustra el desabrido presente con reminiscencias de los esplendores pretéritos. En 2014 lo compró un magnate chino por 256 millones de euros y no sé qué ocurrirá con él en el futuro. La otra noche, mientras observaba su fachada simétrica recortarse silenciosa con todas las ventanas apagadas —tan distintas de como las recuerdo en mis primeras evocaciones madrileñas, cuando aún se podía vislumbrar la vida a través de sus cristales—, reparé en que en un costado de la plaza hay otro edificio más pequeño y más moderno que se llama Catalunya y al que sí parecen sonreír los tiempos. Pensé que alguien con más desparpajo y más talento sería capaz de urdir una metáfora ingeniosa, más aún en un momento como aquél en el que estaban a punto de conocerse los resultados de las elecciones generales y el España, tan dolido y pesimista como el país que le da nombre, dirigía sus cientos de ojos sin luz hacia la nada del horizonte con sus cimientos naufragando en lacónicos suspiros, resignado ante la evidencia de que el porvenir vuelve a ser, quizás ahora más que nunca, una ciencia inexacta.

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