Como nosotros

No sé en qué momento exacto arrancó esta carrera loca. Hay quien culpa a esos debates que se han puesto de moda en el prime time y que intentan, y consiguen, convertir la política en una especie de hermana tonta del show business. Puede que todo empezara, sin que nos diésemos cuenta, la noche en que Sánchez Dragó invitó a Aznar a su programa libresco para obsequiarnos con una hora de televisiva desvergüenza. Quizás haya que perseguir las razones en ese reciente afán periodístico por buscar el lado humano de casi cualquier cosa, como si el BOE fuera el Tele Indiscreta y en una campaña electoral el asunto no tratara tanto de elegir al capitán que mejor dirigirá la nave en el próximo cuatrienio como de dilucidar cuál de los cuatro aguerridos finalistas sabiamente elegidos por la audiencia merece pasar a la siguiente ronda del reality. No descarto que todo sea mucho más profundo y que pueda hallarse una causa última en ciertos episodios que en su momento juzgamos anecdóticos pero en los que anidaba ya el embrión de todo lo que nos ha venido sucediendo. Se me ocurre aquel lejano «a colocarse y al loro» de Tierno Galván, que la parroquia interpretó como un simpático y pasajero enloquecimiento del viejo profesor pero en el que puede que alguna lumbrera de la nueva mercadotecnia política haya alcanzado a vislumbrar el maná capaz de trocar las debidas voluntades cuando llega el momento de meter las papeletas en la urna. Son sólo hipótesis barajadas en medio del más colosal de los desconciertos, subterfugios con los que hallar una explicación lógica a algo que seguramente no la tenga y para lo que ya no creo que exista marcha atrás. Me refiero a ese desnortado afán de los políticos —mejor dicho, de quienes aspiran a llevar las riendas de nuestro futuro en común— por hacernos ver que ellos también son seres de carne y hueso.

En nuestros extraños tiempos lo excepcional se ha hecho norma. Si hace diez o quince años nos hubiese dado por enumerar las actividades a las que se han entregado en estas últimas semanas los aspirantes a ocupar próximamente las dependencias de La Moncloa, no habría dejado de parecernos una cosa absurda o desmedida o directamente loca. Una extravagancia, en cualquier caso. Y sin embargo, hemos podido ver cómo el actual presidente del Gobierno se iba a hablar de fútbol en una tertulia radiofónica mientras dispensaba graciosas collejas a su hijo, en vivo y en directo para que las audiencias internacionales pudiesen glosar la campechanía de nuestro ilustre mandatario; hemos asistido a la distendida conversación entre el líder del principal partido de la oposición y un figurón del espectáculo al que la televisión pública paga una cantidad indecente de dinero por manufacturar un programa tan carpetovetónico y trasnochado que sólo le falta exhibir un par de rombos en el ángulo superior derecho de la pantalla; pudimos escuchar al paladín de la nueva derecha joven y anaranjada enorgullecerse de no haber leído ni las solapas de los libros de un autor cuyas obras acababa de recomendar unos segundos antes; y a menudo vemos al otro gran adalid regenerador, éste ya más mohíno, sacar de paseo su guitarra para cantarles a quienes quieran prestarle atención ora una vieja canción de Javier Krahe, ora una vieja nana con la que acaso pretenda mantener cándidamente adormilados a los pocos votantes que le deben de ir quedando.

[Artículo completo en Asturias24]

citizen-kane

«Citizen Kane» (Orson Welles, 1941)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s