A las armas

No es el antibelicismo lo que prende la mecha, sino las ansias por recuperar la juventud perdida. Creíamos que la vida no iba a brindarnos grandes ocasiones para exhibir nuestro fervor revolucionario cuando la Historia, sin previo aviso, nos puso delante aquella foto de las Azores. Desde entonces nos hemos mecido absortos en la melancolía que propiciaba el recuerdo de aquellos gloriosos días de pancartas, consignas y danzas rituales al calor de las hogueras. Vivía yo por aquella época en Madrid y, como aún no se había extendido la wifi y los teléfonos móviles todavía servían fundamentalmente para enviar y recibir llamadas, sólo podía asomarme al mundo por los medios tradicionales. Compraba el periódico cada mañana en un kiosco que había cerca de mi casa, en los bulevares de Juan Bravo, y me dejaba abofetear por la primera página en aquellos meses vertiginosos en los que se intentó aprobar un decretazo, se colorearon de negro chapapote las aguas de las costas gallegas y se aceptó alegremente la invitación de un iluminado para invadir un país, como si de pronto la política internacional se hubiese convertido en una canción de los Celtas Cortos. Era todo tan rocambolesco que, más que en plena historia universal de la infamia, uno creía hallarse inmerso en un continuo panegírico de la chapuza hispana. Para mi vergüenza, pese a estar en el corazón del meollo, nunca me enteré de que fuera a celebrarse manifestación alguna, así que las dos grandes marchas que ocuparon el espacio abierto entre Colón y Atocha se desarrollaron sin mi concurso. Inconsciente de que a unos pocos kilómetros de mi domicilio se estaba desarrollando una rebelión cívica imprescindible a la hora de encauzar las corrientes de la Historia, yo pasé aquellas tardes leyendo en mi cuarto. Al día siguiente me enteraba de todo por la prensa y me mordía de rabia los nudillos, reprochándome sin cesar mi suma indolencia. Para compensar, no me perdí la manifestación que se celebró en Gijón y que culminó con un pequeño concierto en el que Víctor Manuel, guitarra en ristre, puso el broche final. El entusiasmo fue tan ardiente que incluso cometí la imprudencia de publicar una crónica en el periódico local. La titulé «Canciones para parar una guerra» porque, efectivamente, creía que con esa clase de cosas podía detenerse un bombardeo. Uno apenas había sobrepasado los veinte años y estaba en esa edad tan tonta en la que se empiezan a llevar las primeras hostias pero aún se quiere pensar que pueden brotar rosas de los fusiles.

Ha pasado más de una década y es evidente que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Por eso conmueve encontrarse un manifiesto como el que se hizo público estos días y reconocer entre los abajo firmantes a muchos de los que en aquella ocasión lejana también quisieron dar el do de pecho en solidaridad con los iraquíes. Ocurre que con la edad nos volvemos más cínicos o más escépticos, o tal vez sea sencillamente que unos envejecemos peor que otros, y se hace difícil abrazar la nueva causa con el mismo entusiasmo con que nos plegamos a las directrices de su antecedente inmediato. En primer lugar, hemos aprendido que estos gestos quedan muy bien de cara a la galería, pero que les sirven de poco o nada a los pobres sirios, que o mucho me equivoco o serán quienes tristemente terminen pagando el pato que habremos cocinado a la sazón entre unos y otros. Por otro, es inevitable concluir que las circunstancias de ahora tienen más bien poco que ver con las de entonces. No es lo mismo ocupar un país amparándose en un argumento falaz y mal cogido por los pelos —las famosas armas de destrucción masiva— y sin contar con el respaldo de la comunidad internacional que responder a una agresión concreta haciendo uso del derecho a la legítima defensa y con los parabienes de las instituciones que deben dar el plácet para que toda la maniobra quede inscrita entre los márgenes de la legalidad. Lo dice la letra de esa Marsellesa que tantos han cantado con tanto desparpajo en estas últimas semanas: «¡A las armas, ciudadanos! / ¡Formad vuestros batallones! / ¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura / abreve nuestros surcos!».

[Artículo completo en Asturias24]

puente kwai

«The Bridge on the River Kwai» (David Lean, 1957)

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