Tras la puerta de la infamia

Termino de leer La puerta de la infamia con la extraña sensación de quien abandona un déjà-vu. Se trata de un volumen editado por la Fundación Huerta de San Antonio en el que se reúnen las crónicas que Antonio Muñoz Molina publicó a lo largo del primer semestre de 1998 en El País acerca del juicio por el llamado «caso Marey». La historia es o debería ser de sobra conocida: en diciembre de 1983 tres mercenarios secuestraron en Hendaya al ciudadano francés Segundo Marey, al que confundieron con un miembro de ETA. En realidad, Marey era hijo de un socialista exiliado en plena Guerra Civil y nunca había tenido la menor relación con la banda armada. La confusión se prolongó durante diez días en los que aquel pobre hombre permaneció encerrado en una cabaña de Colindres, en Cantabria. Finalmente, le liberaron en territorio francés. La acción fue reivindicada por un grupo terrorista desconocido hasta entonces que, según sus propias palabras, pretendía presionar a las autoridades francesas para que liberaran a un inspector y a tres agentes del Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional a los que se había detenido en Pau unos meses antes, cuando intentaban capturar a un presunto etarra.

Lo que se cuenta en el libro es absolutamente real, pero eso no impide que todo haya adquirido, al cabo de los años, un cierto tono de ficción, como esa pátina sepia que recorre las viejas fotografías y parece forjar una barrera protectora que marca la separación entre dos tiempos. Recuerdo que en el verano de 1995 pasé con mis padres unos días en Benidorm y que coincidimos allí con el entonces jefe de la Policía Local de Mieres. Debía de estar entonces avanzándose en las investigaciones, porque aún puedo evocar cómo una tarde, sentados en la terraza de un bar que frecuentábamos en una plaza abierta entre varias galerías comerciales, nos resumió la comparecencia de un señor muy importante que por lo visto había desgranado durante varias horas, en una comparecencia no sé si televisada o retransmitida por alguna emisora de radio, la intrahistoria de lo que él llamaba Grupos Antiterroristas de Liberación y todo el mundo conocía, a secas, como los GAL. Yo no había cumplido aún los quince años y los nombres y los retratos de aquel dramatis personae que desfilaba cada día por las páginas de Nacional de los periódicos y las aperturas de los telediarios me asemejaban máscaras difusas, perfiles apenas esbozados de una tragedia que percibía como una cosa del pasado que, por razones que se me escapaba, llegaba para invadir los predios del presente. Las crónicas de Antonio Muñoz Molina se publicaron algún tiempo después. Por las fechas deduzco que yo me encontraba cursando el COU y preparándome para el brusco cambio de vida que trajo consigo el ingreso en la universidad, sin que yo me enterase ni seguramente fuera consciente de que se estaba dilucidando el futuro de los encausados por el secuestro de Marey. En esos artículos, pertinentes y lúcidos, Muñoz Molina no se limita a describir lo que ocurre ante sus ojos, sino que también recoge sus propias impresiones sobre lo que está viendo, y es en su extrañeza ante el espectáculo grisáceo de esos personajes que no son nada habiéndolo sido todo, ante la agresividad de ese entorno hostil en el que procuran desenvolverse con una soltura que no tienen, donde alcanzan estos textos magníficos su punto más álgido y donde yo reconozco mi propia extrañeza al descubrir que me enfrento ante estos vestigios de lo real con la misma actitud que reservo para las obras de ficción. Como si de pronto aquellas figuras inacabadas que me acostumbré a ver en fotografías y en retransmisiones televisivas fuesen sólo el resultado aproximado de una suma inexacta. Hablo del chulesco Amedo, tan prepotente y tan inverosímil; del más taimado Domínguez, siempre con ese aire de secundario perpetuo; del bronco José Barrionuevo, tan impetuoso y tan malencarado que era difícil pensar que no pudiera ser sospechoso de algo; del aristocrático Rafael Vera, que siempre daba la impresión de hallarse en los sitios por pura casualidad; y también del desvalido Segundo Marey, protagonista involuntario de esta historia en la que tanto le fue, a pesar suyo. Personajes corpóreos en su debido momento, todos se aparecen hoy como seres de ficción dispuestos a revivir una vez más aquella década rara en la que se mezclaron hasta casi confundirse la gloria y el oprobio. Unos años bárbaros o feroces de los que dejó cumplida constancia un Muñoz Molina pletórico cuyos artículos regresan ahora para recordar que hubo quien escogió mantener la mayor lealtad posible a su destino y quien, como dijo de Sancristóbal el iracundo Barrionuevo, optó por atravesar la puerta de la infamia.

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Segundo Marey, en 1998 / Foto: El País

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