A Madrid

Cada cierto tiempo se ponen de moda las manifestaciones a Madrid. Sin que medie acuerdo tácito (o al menos, no se nos informa de ello), distintos gremios, colectivos y sensibilidades acuerdan fletar autobuses o calzarse botas resistentes para desembarcar en la capital de España y lanzar a los cuatro vientos sus soflamas entre los vértices de ese triángulo imperfecto que trazan la Puerta del Sol, la plaza de Colón y la estación de Atocha. Llegan los manifestantes a Madrid con el mismo ánimo con que llegaban antaño los peregrinos a Compostela, con esa creencia de que el exigir cuentas ante la autoridad competente, sea ésta terrenal o divina, es razón suficiente para que se atiendan las plegarias y se perdonen los pecados, como si la autoridad le importaran las cosas que trascienden más allá de su propia supervivencia. Madrid, una ciudad con vocación de poblachón manchego que a duras penas ha conseguido acostumbrarse a esa condición suya de epítome y resumen del poder, se convierte con la llegada de las manifestaciones masivas en una suerte de meca político-sindicalista donde unos pueden reclamar el aborto libre mientras tres o cuatro kilómetros más al norte se exige la obligatoriedad de la catequesis. Como en botica, hay de todo: causas justísimas y astracanadas mayestáticas. Ese fenomenal maremágnum deja por fuerza esquizofrénica a la ciudad, que durante veinte años estuvo considerándose muy progre mientras votaba a la derecha, y cardiacos a los concejales responsables del servicio municipal de limpieza, que sólo piensan en las horas extra que deberán pagar al día siguiente para que todo quede tan limpio como la conciencia de Álvarez del Manzano.

Irse a Madrid es, además del título de un libro de Manuel Jabois —a quien conocí anoche después de llevar varios años enredándonos por los marasmos virtuales—, el sueño de cualquiera que aspire a triunfar y la pesadilla del pesimista que es consciente de que sólo en Madrid podrá calibrar en proporciones homéricas la dimensión de su fracaso. No son condiciones excluyentes: hay colectivos profesionales que obtuvieron éxitos rotundísimos en su primera viaje reivindicativo a la capital y vieron cómo, años o décadas después, sus demandas eran desoídas tras repetir el esfuerzo, acaso porque la repetición termina deshaciendo la magia y lo que hace quince o veinte años era novedoso resulta ahora, con el inevitable concurso de las tecnologías y las televisiones que todo lo ven, un eslabón más en nuestra consuetudinaria cadena de monotonías. También hay santos con fama de milagreros que de un tiempo para acá no se prodigan nada y viven de la buena prensa adquirida en las doradas leyendas de sus épocas juveniles. Los peregrinos que, tras días de ardua caminata, llegaban al Monte do Gozo y vislumbraban desde allí las torres de la catedral de Santiago de Compostela, eran muy conscientes de que una vez consumado ese logro aún les quedaba el tedioso trámite del regreso. Las personas que en multitudinaria manifestación llegan hoy a Madrid —igual que las que llegaron ayer, igual que las que llegarán mañana— saben bien que sólo en la vuelta a casa serán capaces de medir el alcance de su logro o degustar los agrios sinsabores del fracaso. Hace años, apareció por el barrio de mis abuelos una vecina con las piernas completamente vendadas. «Fui de rodillas a la virgen por una promesa, me las desgracié y ahora voy a tener que volver para pedirle que me las cure». En ese ir y ese volver puede que esté, al final, el mayor de los consuelos. Madrid no se va a mover del sitio y, si esta vez no funciona, quizás la cosa vaya bien a la siguiente. Tuve un amigo que se metió en un sindicato y lo vio claro desde el minuto uno: «Lo mejor de estas cosas es que, salgan bien o salgan mal, al menos sales de casa y conoces gente».

PROCLMACION-II-REPUBLICA

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