Toros, antitaurinos, taurófilos

Tuve un amigo en la facultad que orientó su proyecto de fin de carrera por los terrenos de la crítica taurina. Nos reímos mucho de él en la pandilla porque aquello nos parecía trasnochado hasta a nosotros, que pasábamos las sobremesas jugando al mus con un palillo en la boca. Él, lejos de arredrarse, no sólo persistía en el empeño, sino que de vez en cuando se esforzaba para sacar el tema por ver si lograba convertirnos a esa religión suya que era, por otro lado, mayoritaria allí donde nos encontrábamos. Cualquiera que haya estudiado en Salamanca sabe que en aquellos pagos los toros están tan arraigados como el plateresco, y este amigo mío que se desayunaba las mañanas de San Isidro con las crónicas que en los papeles nacionales destilaban Joaquín Vidal y compañía había nacido al pie mismo del barrio Garrido, lo que era tanto como decir en pleno corazón de las esencias charras, así que no había nada que reprocharle. Tampoco era el suyo un caso excepcional. En el tiempo que pasé allí conocí a muchos andaluces y extremeños y tuve ocasión de maravillarme del dominio con el que gentes de mi misma edad y debidamente ilustrados manejaban conceptos de la tauromaquia que yo había creído enterrados con el siglo XX. Estudiantes que recitaban de memoria lo que ellos mismos definían como faenas de época y cuyos ojos titilaban recordando medias verónicas antes de regresar al aburrimiento tibio de las clases y los apuntes, y que juraban y perjuraban que no podía haber nada mejor que ver morir a un toro sobre la arena, en loor de multitudes, sacrificado por un profesional que al darle muerte glorificara hasta el éxtasis sus virtudes animales. De vez en cuando sonaba en las discotecas una vieja canción de los noventa. Su estribillo machacón, «Salamanca: arte, saber y toros», era gozosamente jaleado por la población autóctona. En cierta ocasión escuché a Chimo Bayo comentar que la ruta del bakalao había sido una cosa muy sana. Supongo que lo decía por letrillas como ésa.

Pese a todo ese bagaje que se desplegaba por mis alrededores, nunca llegó a atraerme el toreo ni hice esfuerzo alguno por asistir a una corrida, aunque sí he sentido cierta curiosidad por sus rituales. Participé en alguna capea, movido más por el ánimo gregario por el que se deja empujar cualquiera que tenga veinte años y ganas de beber junto a los amigotes que por un interés real en la cosa, y ya en los albores de mi vida profesional conseguí una pequeña declaración en exclusiva de Jesulín de Ubrique, quien me dijo que se encontraba muy a gusto toreando en Gijón. Como titular era una mierda, pero los fragores estivales y la carestía de noticias se aliaron con la certeza de que la competencia no había podido dar con el diestro para jugar a mi favor y concederme un mínimo lugar de honor en la primera plana. Ni el éxito mudó mi opinión ni mi exigua experiencia ha conseguido que el toreo deje de parecerme un anacronismo exótico del que podríamos prescindir sin necesidad de padecer uno de esos síndromes de abstinencia que tan bien conocemos quienes nos hemos acabado quitando de otros vicios. Es evidente que no pueden convencerme los argumentos que esgrimen sus defensores. Presentar la tauromaquia como parte del patrimonio cultural de un territorio, o de su largo inventario de usos y costumbres, resulta tan necio como posicionarse a favor de los autos de fe que organizaba la Santa Inquisición con gran dramatismo y colorido y que durante unos cuantos siglos gozaron de gran predicamento en esta tierra, obteniendo audiencias considerables. En esa misma línea, argumentar que gracias al toreo existen obras de arte que se inspiran en él y que, por tanto, no se habrían creado sin su existencia es como decir que la escritura de A sangre fría justifica los asesinatos de familias, que el Lazarillo otorga vía libre al pillaje o que el Edipo Rey valida el parricidio. Se puede interpretar, como hacen algunos, que las corridas de toros constituyen una apología del sufrimiento y de la muerte, cuestiones ambas que no deben defenderse a no ser que uno lleve un parche en el ojo, se apellide Millán Astray y tenga enfrente a un tipo que escribe ensayos en torno al casticismo. Lo que resulta innegable, y creo que definitivo, es que ponerse delante de un toro bravo entraña un riesgo innecesario para cualquier persona, y del mismo modo que intervenimos para evitar que alguien se pegue un tiro en la sien si le sorprendemos en el trance de cargar el revólver, no veo por qué se debe consentir que tal peligro se cierna no ya sobre los diestros (siempre me he preguntado si no habrá toreros zurdos), sino sobre quienes les rodean y, yendo más allá, también sobre quienes participan en esos alegres, típicos y desenfadados festejos que consisten en emborracharse hasta las trancas para después poner en juego la propia vida ante un morlaco grande como un demonio.

[Artículo completo en Asturias24]

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Foto: Ernest Hemingway bebe en Pamplona en 1959 (Julio Ubiña – París Match)

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