La cabina

Es sabido que todo pasa —lo cantaba muy bien Mercedes Sosa: «cambia, todo cambia»—, pero de un tiempo a esta parte los ritmos se han vuelto tan veloces que muchas veces nos enteramos de que algo ha dejado de existir porque encontramos en el periódico la noticia que nos alerta de su extinción. He leído hoy en El País un espléndido reportaje de Daniel Verdú sobre una de las doce cabinas telefónicas que aún resisten en la Puerta del Sol y he recordado cuánto me sorprendió cerciorarme de que, efectivamente, estaban desapareciendo esos habitáculos transparentes que uno usaba para tranquilizar a la familia, quedar con los amigos o responder alguna solicitud laboral que se hubiera quedado en el camino. Ocurrió en los primeros días del otoño de 2010, cuando el pintor Adolfo P. Suárez me invitó a pasar unos días en la casa que posee su familia en las montañas de Ponga. Una mañana, paseando después del desayuno, me encontré en una placita de San Juan de Beleño con una cabina similar a las que no mucho tiempo atrás podían encontrarse en las esquinas de mi pueblo o en las de cualquier ciudad. Pensé que llevaba mucho tiempo sin ver una similar, y sé que me pregunté, algo enojado conmigo mismo, por qué no me había dado cuenta hasta entonces. Ahora sé que había en el año 2000 un total de 200.000 cabinas telefónicas repartidas por España y que en la actualidad quedan unas 26.000, tirando por lo alto. Según parece, después de diciembre de 2016, y en estricto cumplimiento de la legalidad vigente, no quedará ya ninguna.

Se hace raro pensar que han ido desapareciendo las cabinas y uno ni llegó a enterarse. Las usábamos mucho de niños, cuando había cualquier incidente —un partido de fútbol que duraba más de lo que inicialmente preveíamos, la necesidad imperiosa de acompañar a un amigo hasta su casa, algún leve mareo inducido por una dosis de alcohol inadecuada— y se hacía imprescindible avisar a los padres para evitar o suavizar, en la medida de lo posible, la bronca preceptiva. Nos fueron acompañando luego, a lo largo de nuestra adolescencia y nuestra madurez, en los lances más variopintos. En el interior de las cabinas donde se cambiaban los superhéroes dimos en ocasiones algunos besos furtivos, a esa edad en la que lo mejor de la vida siempre tiene lugar a escondidas, y en las cabinas disimulábamos si cometíamos alguna travesura y el guardia urbano de turno se dejaba ver para darnos lo nuestro. Merodeando por los alrededores uno podía suponer o intuir qué ocurría al otro lado de los cristales, si quien llamaba estaba dando o recibiendo una mala noticia, si por el contrario en aquel preciso instante le estaban dando la alegría de su vida o si se estaba sometiendo a un simple trámite sin más historia del que terminaría saliendo igual que había entrado. El invento, como es natural, tenía también su reverso tenebroso. Fui a clase con un chaval que aprendió a liar porros fijándose mucho en cómo lo hacía el yonqui que cada atardecer se encerraba a manufacturar en la cabina que quedaba justo enfrente de su casa. Y como todos tenemos un pasado, confesaré que en cierta ocasión un amigo y yo nos pusimos a dar palique a una probable politoxicómana que se había pasado media hora preparándose un chute de jaco al pie de la ranura para las monedas mientras nosotros aguardábamos pacientemente a que terminara para llamar a casa y avisar de que llegaríamos tarde; nuestra intercesión desinteresada no fue gran cosa, pero evitó que a aquella buena mujer la trincaran los polis que andaban patrullando por la zona. Si hago memoria, sin embargo, la cabina de la que guardo un mejor recuerdo es la que se levantaba en la esquina de las calles de Ramón y Cajal y Fonseca, en la epidermis de la vieja Salamanca. Desde ella, una de las pocas de la zona que tenía lector para tarjetas de recarga, telefoneé a diario a mi familia para dar parte de mis primeras andanzas universitarias, y apoyado en su mostrador exiguo escuché esas voces tan queridas de mis padres, mi hermano o mis abuelos que daban consuelo y cariño y calor en esos días lánguidos en los que trataba de hacerme a una soledad que no por buscada se antojaba menos inhóspita. Eran los tiempos en los que aún se recordaban de memoria los números porque no había tantos números a los que llamar, y en los que nunca estaba de más llevar en el bolsillo trasero del pantalón un papel arrugado con unos cuantos dígitos que, llegado el caso, podían salvarte la vida. Por aquella época pude ver por vez primera La cabina, aquel mediometraje de Antonio Mercero en  el que un claustrofóbico José Luis López Vázquez convertía sus propias carnes en una desoladora metáfora de las maldades del progreso. Quién iba a decirle a él, mientras luchaba por abandonar el artilugio, que algún día esas cabinas tan amenazadoras se iban a ver ampliamente superadas por todo lo que llegó tras ellas y que resultarían tan inofensivas como lo pueden ser hoy el demonio de Tasmania o la difteria. Que también ellas irían languideciendo —«cambia, todo cambia»— para desaparecer en los pliegues de la memoria, igual que van desapareciendo las lágrimas en la lluvia.

cabina

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