Un regalo

Todo libro suma al contenido de sus páginas la peripecia de su propio paso por el mundo. Lo sabemos bien quienes frecuentamos librerías de lance y acabamos sintiendo tanta curiosidad por los títulos que cotejamos en los anaqueles como por las inscripciones que en su interior pudieron dejar quienes los poseyeron antes de nosotros. Hace tiempo compré una vieja edición de El laberinto español, el canónico estudio de Gerald Brenan sobre los antecedentes de la guerra civil española, y en la primera página de uno de los dos volúmenes figuraba, escrito a mano, un enigmático «Ir al médico a las siete» que me tuvo durante muchos días preguntándome si aquello, ir al médico (a las siete), hubiera podido ser lo último que hizo el primer poseedor de ese volumen antes de que sus herederos resolvieran saldar su biblioteca. En otra ocasión, un título de un amigo poeta que éste había dedicado a un presunto compadre de la juventud acabó dando pie a un malentendido que me reveló que hay veces en que es mejor callar y fingir que a uno le han pasado inadvertidas determinadas coincidencias. Quizás por eso a mí nunca me ha gustado escribir en los libros: no sé dónde acabarán cuando yo ya no ande por aquí, y ya que seguramente me sobrevivirán prefiero mantenerlos impolutos, no vayan a chivarse póstumamente de menudencias tan poco glamurosas como si una tarde fui al médico a las siete o el nombre de la tasca donde alguna vez alguien me recomendó pedir patatas bravas si el azar hacía que mis asuntos me cogiesen cerca de Medina de Rioseco.

Otras veces, sin embargo, esas inscripciones casuales e innecesarias son suficiente acicate para que quien se las encuentre opte por unir los puntos o rastrear genealogías. Es lo que yo he intentado hacer esta tarde con el estupendo regalo que mi amigo Fran Gayo me ha traído de Buenos Aires. Hace un tiempo, cuando acudió con su familia a alquilar la casa donde ahora viven, la encontraron llena de libros. Los propietarios del piso prometieron que retirarían unos cuantos, pero quedaron allí suficientes como para perder varios meses inspeccionándolos por ver qué podía haber en ellos de interés. Una amiga de Fran y de su esposa les alertó acerca del nombre que aparecía manuscrito en una buena parte de los ejemplares. Supieron así que aquella vivienda, antes que a ellos, había pertenecido a un tal Sadovsky, judío polaco exiliado tras la hecatombe nazi que, con los años, se había convertido en uno de los principales matemáticos de la Argentina, a cuya capital terminó llevando el primer ordenador personal que entró en aquellos pagos. Su historia casi ha ensombrecido la del propio libro que obra desde hoy en mi poder y la del hombre que lo escribió. Nunca había oído hablar de Arturo Serrano Plaja. Ahora sé que nació en San Lorenzo del Escorial en 1909 y murió en Santa Bárbara, California, en 1979. La Wikipedia cuenta que fundó Hoja Literaria y dirigió Hora de España, que durante la guerra apoyó al bando republicano y que la victoria franquista le abocó a exiliarse a la Argentina, Francia y los Estados Unidos. En cuanto a su obra, se mencionan los poemarios El hombre y el trabajo (1938), Versos de guerra y paz (1944) y La mano de Dios pasa por este perro (1965), el libro de cuentos Del cielo y del escombro (1943), las novelas Don Manuel de Lora (1946) y La cacatúa atmosférica (1971) y el ensayo Realismo mágico en Cervantes (1966). Nada se dice de esta obra suya que Fran me ha traído de la otra orilla del Atlántico para que yo la tenga ahora entre mis manos: un ensayo sobre la vida y la obra de Antonio Machado que, según reza en las páginas iniciales, se imprimió en los talleres de Macagno, Landa y Cía de Buenos Aires el 28 de noviembre de 1944. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que las Últimas soledades del poeta Antonio Machado pergeñadas por su hermano José vieron la luz en Santiago de Chile en 1957, es posible que se trate del primer texto que abordó en castellano la figura del autor de Campos de Castilla tras su fallecimiento en Collioure. «¡Descanse en paz Antonio Machado!», es la última frase que se lee en estas páginas llegadas desde el lado opuesto del océano y que yo no habría descubierto de no ser por la generosidad de mi amigo y por la inquietud de aquel matemático judío que acaso descubrió en Machado y Serrano Plaja a dos hermanos sobrevenidos por ese vínculo etéreo y firme que une a todos aquellos que en determinado momento se han visto expulsados de su tierra.

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