Visión de Barcelona

Tengo la grata costumbre de avisar a Sergio Gaspar cada vez que mis pasos me conducen hasta Barcelona. Desde que en el verano de 2009 me orientó por los laberintos del Raval, el Barrio Gótico y el Borne, y tras mostrarme en la primavera del año siguiente la suntuosidad novecentista de los interiores de El Velódromo, me cuesta imaginar la ciudad sin su presencia, y las poquísimas veces que he estado allí sin verle (creo que sólo una, y porque yo andaba de paso) me he sentido como si Barcelona fuera menos Barcelona, como si se tratara de cualquier otro lugar enterrado en las abstracciones de los mapas y no del paisaje familiar y reconocible en el que me adentré al compás de sus explicaciones con la excitación de quien se enfrenta a lo desconocido y la atención que siempre prestamos a lo que desde el principio intuimos que serán revelaciones memorables.

La otra noche, fiel a esa tradición de desvelamientos inesperados, María Fortuny y él vinieron a buscarme al hotel para sortear los tumultos organizados en torno a las celebraciones de Santa Eulàlia y recorrer las intrincadas callejuelas de la antigua judería hasta dejarme a las puertas del edificio donde una vez tuvo su sede la imprenta que visitó don Quijote antes de caer derrotado sobre las arenas de Barcino. Hoy sus bajos acogen una tienda de bisutería cuyo rótulo conserva un inequívoco sabor tradicional y a la que sus propietarios han tenido el gesto de bautizar con el nombre de Dulcinea. «Esta casa albergó la oficina typográfica Cormellas», reza una placa que leemos antes de desembocar en las Ramblas y ascender por una de sus aceras laterales hasta las infinitudes del Ensanche. Es allí, en la esquina entre Aribau y Consell de Cent, donde nos aguarda el portal del edificio en el que nació Carmen Laforet, el mismo en el que situó las andanzas de Andrea, la protagonista de Nada, con sus escaleras angostas y su lánguida penumbra de posguerra. Un par de días después, durante un breve itinerario por el tramo de la Diagonal comprendido entre Muntaner y la cosmogónica plaza de Francesc Macià, Sergio me hablará del arraigo del franquismo en Barcelona, del microcosmos constreñido entre el edificio en que se asienta la agencia literaria de Carmen Balcells y la acera vacía que una vez ocupó la terraza del Sandor, del esclarecedor paseo que Josep Pla y Francisco Franco comparten en las páginas de Viento de tramontana, su primera y única novela hasta la fecha.

El alma de las ciudades lo ponen quienes las habitan, pero también quienes antes hablaron de ellas y dejaron sus palabras prendidas en los adoquines de las calles, en los rótulos de los comercios, en la oscuridad de callejones sin salida. Me entusiasma pasear con Sergio Gaspar por Barcelona porque él sabe explicar como nadie esa ciudad oculta que se agazapa bajo lo visible, pero también porque sabe dar pistas suficientes para que uno se oriente en sus merodeos solitarios. A mí me gusta mucho Barcelona porque allí residió siempre, sin que yo llegara a ser consciente hasta que me vi en sus calles, una parte importante de mi educación sentimental. Y me fascina deambular por las arterias irregulares del Barrio Gótico para encontrarme de improviso en el centro de una plaza que lleva el nombre de George Orwell tanto como me emociona dejarme llevar hasta casi el final de las Ramblas, apostarme tras la estatua erigida en honor de Serafí Pitarra y pensar que en alguno de los caserones que se alzan enfrente estuvo abierto, hasta no hace mucho, el despacho donde recibía el detective Pepe Carvalho.

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