Transición

Es así: desde que volvió la democracia, el vocablo «Transición» se ha venido poniendo de moda en ciclos de, pongamos, diez o quince años en función de las circunstancias y los ánimos. La primera vez, apagados los ecos que dejaron tras de sí los pactos de 1978, ocurrió a primeros de la década de 1990, cuando el PSOE se desangraba entre escuchas ilegales del CESID, sumarios de los GAL e ilegalidades de Filesa, y sus rescatadores fueron Mario Conde y José María Aznar, quienes lo utilizaron como recurso tras el que amparar sus propuestas para una regeneración, a su juicio, impostergable y necesaria de la que sólo ellos tenían la receta. Algo más tarde, entrado el nuevo siglo, hubo quien retomó el término para aplicarlo a una presunta cuadratura del círculo tras el regreso socialista a La Moncloa, y es ahora, tres lustros después de dar por superado el temido efecto 2000, cuando vuelve a hacerse fuerte, camuflado esta vez bajo la perífrasis «proceso constituyente» con la que sus nuevos adalides se refieren a su firme determinación de abolir lo que ellos mismos denominan antiguo régimen para sustituirlo por otro, en principio inédito y superior.

Como ocurre siempre, los conceptos necesitan erigirse sobre un relato consistente que los visualice y convierta en indispensables, y ese relato suele girar —es lo más sencillo para sus urdidores, también lo más efectivo a la hora de conciliar el aplauso de la audiencia— en la idealización de un pasado más o menos reciente en el que todos anhelamos refugiarnos, al calor suave del adagio manriqueño. Es ocioso preguntar si ese pasado halagüeño y tranquilo, ese tiempo de dicha que nos habrían hurtado, se remonta al franquismo al que tantos dicen haber combatido o a la época de los gobiernos felipistas que los nuevos regeneradores dicen deplorar. Es ocioso, entre otras cosas, porque me temo que ni ellos mismos tienen la respuesta, cuestión que queda de manifiesto en cuanto se hurga un poco y se profundiza en las costuras del discurso. Esta mañana, en la tribuna de oradores instalada en la Puerta del Sol donde concluyó una multitudinaria marcha sobre Madrid, el cabecilla de la incipiente insurrección se refirió al dos de mayo de 1808 como la fecha en la que el pueblo se levantó contra los poderosos. No hace falta ser aficionado a la Historia: cualquier lector mínimamente informado puede constatar que no fue así, y que lo que realmente hicieron los madrileños en aquella jornada emblemática fue rebelarse contra los invasores franceses que pretendían expulsar a la familia real de sus aposentos en la plaza de Oriente. No creo que el flamante nuevo líder lo ignorase. Opino, más bien, que procuró silenciarlo para no tener que explicar que seguramente en aquel momento habría sido preferible adoptar un rey francés —como expresaron en público tantos ilustrados que tuvieron que exiliarse por su osadía, y como secretamente se dijeron a sí mismos otros tantos obligados a penar con sus propias contradicciones— antes que al que hasta aquel momento había ceñido corona, ni que una vez certificada aquella presunta victoria del pueblo llano lo que vino fue una de las etapas más negras y deplorables de nuestra desgraciada Historia. Al menos hay una similitud entre el episodio de entonces y el de ahora: en ambos casos se consumó todo en loor de multitudes, lo que no deja de ser una razón más para que quienes descreemos de los grandes entusiasmos colectivos sigamos mirando de reojo estas nuevas apelaciones a la patria que llegan desde el kilómetro cero. Según lo que allí se ha dicho hoy mismo, la rutilante toma de las instituciones por el pueblo llegará en noviembre, a caballo de un movimiento que, en un triple salto mortal retórico, ha viajado en menos de un año desde el marxismo ortodoxo hasta la socialdemocracia para acabar decretando el final de las ideologías. Lo repite mucho una de sus principales defensoras, esa señora adinerada del barrio de Salamanca que visita tiendas de Loewe por las mañanas e invita por las tardes a café con pastas a los ideólogos de la nueva España a punto de nacer: no se trata de luchar por unas ideas, sino de salvar la patria. Otra razón más para la sospecha: lo de la nueva Transición nos sonaba muy bien a todos, pero hasta ahora nadie nos había dicho que su musa iba a ser Carmen Lomana.

AlejandroRuesga_elpais

Foto: Alejandro Ruesga / El País

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Una respuesta a Transición

  1. Álvaro González dijo:

    MICHI PANERO LIVES!!!

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