Qué Leer

Ocurrió en Barcelona, esta primavera hará cinco años, en una cervecería del barrio de Gràcia. Yo andaba por la ciudad, tenía una cita con mi editor de entonces y le escribí a Milo J. Krmpotic’ por ver si aprovechábamos la circunstancia y hacíamos eso que ahora se llama «desvirtualizarse» y que consistía, básicamente, en ver en carne mortal y escuchar de viva voz a alguien a quien sólo había tratado con una pantalla de por medio. Llevábamos hablando varios meses a través del Facebook y soy incapaz de recordar cómo empezó todo. No sé si nos unió una discusión sobre literatura, alguna veleidad futbolística o el azar de compartir determinadas perversiones gastronómicas. Puede que fuese una mezcla de las tres cosas, pero tampoco eso importa ahora. Lo que quiero contar es que aquella tarde soleada de junio, mientras dábamos cuenta de dos cervezas rubias y una generosa ración de frutos secos, Milo J. Krmpotic’ me propuso colaborar en Qué Leer y yo dije que sí.

Este domingo, El País Semanal celebró sus 2.000 números con una edición especial. Quienes rondaban la veintena en la década de 1970 suelen recordar con especial cariño lo que supuso la aparición de El País en los quioscos, la bocanada de aire fresco que traían aquellas páginas impresas en un tiempo en que la censura aún no era una sombra, sino una realidad, y la fruición con la que se entregaban a su lectura para desentrañar las claves de lo que prometía ser un tiempo nuevo. Yo recuerdo el momento en el que Qué Leer salió a la calle, con aquel primer número que conservé durante mucho tiempo y que puede que aún guarde en alguna parte. Era la primavera de 1996 y yo tenía quince años y la confusa ambición de convertirme en escritor. Compré aquella edición inaugural en una librería de Mieres que ya ha cerrado y que quedaba casi enfrente de mi casa, y aquella gozosa excepcionalidad se fue repitiendo mes a mes hasta acabar conformando un hábito que fui dejando y retomando con el paso de los años. No porque la revista me decepcionase, ni porque mis intereses fuesen otros. Simplemente hay edades a las que uno no es constante en casi nada, tampoco en sus afectos, y aún no ha tenido ocasión para que el tiempo le revele qué cosas vale la pena conservar y cuáles es conveniente echar a un lado.

Cuando Milo J. Krmpotic’ me brindó mi primera colaboración en la revista –fue un artículo a página completa sobre Ricardo Menéndez Salmón, un buen amigo cuya carrera había seguido de cerca y que en aquellas fechas preparaba una nueva novela–, yo ya había vuelto a engrosar las filas de sus lectores con la debida fidelidad mensual. Alguna vez, mucho antes de saber que acabaría escribiendo en ella, tuve que defenderla ante determinados monaguillos culturales que renegaban de cualquier cosa que no oliese a paraninfo y naftalina. Qué Leer no era una revista literaria, sino una revista sobre libros, y no había en ella sesudos intelectuales debatiendo sobre el sexo de los ángeles, sino gente escribiendo sobre los libros que había leído, los libros que aún no conocía y los libros que les gustaría conocer. Y lo hacía sacando a la literatura a competir en la primera línea del quiosco –junto a las monstruosidades del couché y las monografías sobre cine, motor, decoración y caza y pesca– y poniéndola a batirse el cobre a pie de calle, fuera de los grandes salones y las torres de marfil a las que gustan de encaramarla quienes la defienden con gran alarde retórico y escaso convencimiento. Las cifras de difusión resultan lo bastante explícitas como para despejar dudas acerca de su éxito y avalar la evidencia de que hizo más esa revista por la promoción del saludable vicio de leer que todas las campañas ministeriales puestas en pie desde el inicio de la democracia. Que en estos casi veinte años nunca se la haya reconocido con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura dice bien poco de un país que rara vez suele valorar aquello que tiene delante de sus narices.

Antonio Iturbe y Milo J. Krmpotic’, convertidos en estos últimos tiempos en dos gladiadores solitarios enfrascados en una heroica lucha contra la adversidad, han anunciado ahora que cuelgan las armas. La revista les despide, y es imposible, por extenso y por doloroso, hacer inventario de todo cuanto se va con ellos. Su último número saldrá en febrero, y me honra que mi firma vaya a aparecer en esas páginas que serán ya, por desgracia, definitivas. Este domingo, en ese número conmemorativo de las 2.000 ediciones de El País Semanal, Rosa Montero hacía recuento en un extenso artículo de todas las entrevistas que había publicado en el suplemento. Yo recuerdo que Rosa Montero fue una de las autoras que aparecieron, hace veinte años, en la portada de aquel número inaugural de Qué Leer. El mismo número que yo compré, a mis temblorosos quince años, sin llegar a imaginar que muchos años después iba a acabar escribiendo en esas páginas, ni lo orgulloso que me sentiría, en un día como el de hoy, por poder decir que he contribuido a una mínima parte de su historia.

QLVetusta

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