En el metro con Desi

Hubo un tiempo en el que los jóvenes de provincias medíamos la calidad de nuestras visitas a los centros de poder (político, económico, social, futbolístico) no por lo que allí pudiésemos ver, sino en función del número de personajes famosos con los que nos habíamos cruzado en nuestro camino. Recuerdo a un amigo que, tras pasar un fin de semana en Barcelona con sus padres, volvió al pueblo muy satisfecho porque se había tropezado con Johann Cruyff en algún punto inconcreto del barrio de Les Corts. «¿Pero viste la Sagrada Familia, el monumento a Colón, las Ramblas?», le preguntaba yo ansioso por saber cómo era esa ciudad que salía en los tebeos de SuperLópez y donde por esas fechas se estaban preparando las que iban a ser las más monumentales olimpiadas del mundo moderno. «Sí, sí, lo vi; bueno, no todo, algunas cosas de lejos, pero tío… ¡Vi a Cruyff!».

En Madrid me ha ocurrido muchas veces. Camino por la Gran Vía o Fuencarral, veo a un actor de cine o de televisión venir de frente y, antes de identificarlo, el primer impulso que me viene es el de saludarle como saluda uno siempre a esas caras que le resultan conocidas pero a las que no está en disposición de poner nombre y apellidos, al menos no inmediatamente. Por fortuna, es la lucidez la que suele vencer al instinto, y nunca he tenido que lamentar ningún ridículo derivado de esos lapsus que nos llevan a confundir al protagonista de la serie de moda con el vecino del quinto o el dependiente de la tienda de la esquina. Una vez, hará ahora diez años, coincidí con Desi en el metro. Estábamos en invierno y era tarde, el vagón iba casi vacío y yo viajaba apoyado contra las puertas del fondo cuando reparé en que el tipo que estaba a mi lado tenía un no sé qué familiar. Era muy bajo e iba embutido en una gruesa cazadora de piel, con la espalda encorvada y la cara medio hundida entre las solapas, como si estuviese muy cansado o viniese de pasar mucho frío en la calle. Vestía unos pantalones vaqueros algo gastados y de vez en cuando se llevaba la mano medio cerrada a la boca para sofocar alguna tos. Al principio pensé que se trataba de alguien que vivía en mi zona —yo me desplazaba del barrio donde vivía hacia Sol, no hubiese sido extraño— y con el que posiblemente solía cruzarme por la calle; luego, tras observarlo durante cinco o seis segundos, caí en la cuenta de que se trataba de Desi, el amigo del alma del matrimonio Alcántara, cuyas andanzas se habían empezado a emitir por la televisión no mucho antes. Algo avergonzado, descubrí que en el caso de que hubiese querido decirle algo no habría sabido dirigirme a él por su nombre de pila, sino por el del personaje al que interpretaba, y por primera vez medité sobre el sino de esos artistas a los que el éxito o la simple costumbre despojan de su propia identidad o la dejan supeditada a las de los entes ficticios a los que ellos dan cuerpo. En aquel vagón de metro, para mí —y supongo que para algunos de los viajeros que nos acompañaban, si es que llegaron a fijarse en él—, Roberto Cairo no era Roberto Cairo, sino Desiderio, y aquello podía muy bien dejar de ser por unos minutos la vida real para convertirse en un capítulo de Cuéntame, por más que entonces acabáramos de inaugurar un siglo y Franco llevase ya unos cuantos años bajo tierra. Al enterarme de la noticia de su fallecimiento, recordé aquel encuentro casual y me vino a la memoria su imagen cuando, tras salir juntos del metro, emergimos en la Puerta del Sol y yo vi cómo se alejaba hacia Carretas inclinado sobre sus hombros, con las manos en los bolsillos, una figura solitaria en la ciudad gélida que no le reconocía por su nombre porque ya había renunciado a él para convertirse en Desi el de San Genaro, el amigo de los Alcántara, el vendedor de electrodomésticos que aquella tarde de invierno viajó conmigo en metro discreto como una sombra, vulgar como cualquier oficinista en retirada, tan silencioso como la premonición de un recuerdo intrascendente.

rcairo

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