Guernica

Siento un cariño especial por el Guernica. Durante toda mi infancia, mis padres tuvieron una copia presidiendo el salón de la casa familiar, y poco después de que volviera a España me llevaron a verlo al Casón del Buen Retiro. En aquel tiempo sus trazos me producían una mezcla de temor y fascinación. Algunas veces me quedaba contemplando sus figuras deslavazadas, las miradas despavoridas, el gesto horrorizado del pobre caballo y la resignada parsimonia del toro, e intuía que en todos ellos había algo que yo no acertaba a comprender pero que, de algún modo, resultaba definitorio. A ciertas edades, uno todavía no está capacitado para adquirir plena conciencia del grado de perversión al que puede llegar su propia especie. Después de aquella primera visita al lienzo original, en el controvertido y caótico Madrid de los ochenta, he vuelto a verlo varias veces, ya en el Reina Sofía, y nunca ha dejado de interpelarme con la potencia con que lo hacen siempre las cosas que encierran significados esenciales.

Pienso mucho en el Guernica en estos días en que los aviones israelíes bombardean Gaza, también en aquella frase de Adorno que aseveraba que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, y constato que su fuerza radica en la lamentable vigencia que siempre ha tenido, y que siempre tendrá, su ajustado retrato de un horror perpetuado a lo largo y ancho de la historia: el avasallamiento inmisericorde de los indefensos por parte de los poderosos, o de quienes ambicionan serlo y no hallan quién frene a tiempo sus desmanes. Picasso lo pintó entre mayo y junio de 1937, después de que el Gobierno de la República le encargara una obra para lo que sería el pabellón español en la Exposición Universal que tendría lugar en París ese mismo año, y el artista se inspiró en el bombardeo con que la aviación hitleriana arrasó la localidad vasca de Guernica, en el corazón del País Vasco. El ataque se había producido muy poco antes, el 26 de abril, y el lienzo se convirtió de inmediato en una silenciosa proclama a favor de la democracia frente a quienes se disponían a impugnarla con los argumentos que les brindaban sus pistolas y sus altares. Picasso se negó a que el cuadro se expusiera en España mientras Franco estuviera vivo y su régimen mantuviera las credenciales intactas. Hay una leyenda apócrifa y probablemente falsa, pero que a mí me gusta mucho y que sitúa el cuadro en el taller del propio Picasso, que entonces estaba en la capital francesa, durante la ocupación nazi. Según este relato, en algún momento de la toma de la ciudad, dos soldados alemanes se acercaron hasta su estudio con el fin de realizar una inspección. Picasso les recibió como si la cosa no fuera con él y permitió que anduvieran por allí a sus anchas. Cuando encontraron la imponente tela del Guernica, fueron raudos al encuentro del artista. «¿Ha hecho usted esto?», dicen que le preguntaron. Picasso, sin descomponer el gesto, miró primero el cuadro, luego los miró a ellos y encendió con fingida indiferencia un cigarrillo. «No», respondió, «lo hicieron ustedes».

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