Tres amigos

Televisión Española emitió anoche un documental sobre Salvador Dalí con motivo del 25º aniversario de su muerte. Hubiera podido ser un gran programa, pero lo impidió esa tendencia en alza de la que hablaba hace unas semanas Vicente Luis Mora y que consiste en introducir al propio documentalista dentro de aquello que se documenta. La maniobra podría suponer un atractivo añadido si se hiciera bien, como de hecho ocurre con no pocos ejemplos, pero en el caso concreto de este programa lastraba irremediablemente una narración que casi siempre acababa por avanzar a trompicones. En cualquier caso, el espacio propuso un recorrido bastante completo por la biografía del pintor de Figueres: de su casa natal a sus delirios finales, pasando por el legendario retiro creativo de Port Lligat, sus años madrileños y su muy amistosa relación con el dictador Franco. Me gustó verlo, además, porque su emisión ha coincidido con el periodo en el que leo Luis Buñuel, novela (Cuadernos del Vigía), la portentosa obra que Max Aub dejó inédita y a cuyo taller tenemos ahora gozoso acceso los lectores.

Como era lógico, uno de los temas del documental fue, como lo es también del libro de Aub, el estrecho vínculo que unió a Dalí con Luis Buñuel y Federico García Lorca en los tiempos de la Residencia de Estudiantes. Un hilo que aparentaba ser sólido e inquebrantable, pero que, sin embargo, se hizo trizas en cuanto las circunstancias se complicaron y la coyuntura exigió un posicionamiento con el que acaso no habían contado nunca. Evidentemente, fue Lorca quien se llevó la peor parte en esa sucesión de desastres con la que se dinamitó una camaradería que ya había pasado por las más variopintas pruebas, pero también inspira cierta tristeza examinar el devenir posterior de quienes, no obstante, tuvieron la inmensa suerte de seguir vivos. Dalí supo llevar a cabo una obra genial, pero al mismo tiempo comenzó a hacer suya una impresentable pose de espantajo que hasta el día de su muerte le estuvo robando la respetabilidad que sabía ganarse con sus lienzos. Buñuel, tras varios trabajos alimenticios, consiguió emprender en México una carrera con la que dio tardía continuidad a las tres joyas que fueron Un perro andaluz, La edad de oro y Las Hurdes. Tierra sin pan, pero a cambio no pudo evitar que le anidaran dentro un resentimiento cauto y un furioso desencanto que probablemente le impidieron disfrutar más de todo lo que logró ganarse pese a las adversidades.

Sin embargo, hay en toda esta historia de tragedias íntimas, en esta fábula y rueda de tres amigos, una pequeña anécdota luminosa que refleja bien los extraños resortes de la amistad. En la década de los cuarenta, Salvador Dalí, entonces un artista en plena expansión internacional, publicó en España un libro autobiográfico en el que calificaba a Buñuel de «sacrílego» y «rojo». La acusación le trajo al cineasta, que vivía entonces en los Estados Unidos, problemas serios a la hora de desarrollar su trabajo, y por eso quiso aprovechar una visita de su antiguo amigo a Nueva York para pedirle cuentas. Dalí accedió a quedar en el bar de su hotel. Cuando Buñuel llegó, su intención no era otra que la de «partirle la cara» a su viejo compañero de expediciones surrealistas. Quienes le vieron entrar se preocuparon seriamente por la suerte que podría correr el artista español que aguardaba junto a la barra la llegada de aquel compatriota furibundo. Media hora después, alguien se sorprendió mucho cuando, al asomarse, descubrió que aquellos dos hombres que teóricamente iban a batirse en duelo estaban bebiendo champán y recordando juntos historias de los viejos tiempos. Nunca más volvieron a verse.

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