Balada de Burgos

Los burgaleses se han levantado en armas para gritar que la ciudad pertenece no a los políticos ni a los constructores, sino a los ciudadanos que le dan alma, corazón y vida. Esa evidencia, tantas veces olvidada o escondida bajo las más grandilocuentes formas de la retórica, ha cogido de improviso a más de uno que creía que, con la que está cayendo, lo último que les iba a preocupar a los habitantes del barrio de Gamonal –gente humilde y en el paro, convecinos de segunda o de tercera, en absoluto merecedores ni de medio segundo de compasión– sería que les hicieran un bulevar en la calle de cuatro carriles por la que llevan años paseando y aparcando en doble fila. Como el estallido social es no sólo intolerable, sino también incomprensible, cierto ministro que en su día intentó el viaje a Damasco, pero equivocó el camino y terminó en Las Vegas, asegura que quienes arman gresca en la antaño apacible villa burgalesa, cuna del Cid y, por extensión, de España, son «violentos itinerantes» –hay que reconocer que a Rajoy y los suyos no se les da bien gobernar, pero son unos águilas creando conceptos– que, llegados desde las no muy lejanas vascongadas, habrían aprovechado la coyuntura para sembrar el caos en un lugar de natural pacífico, honesto y, digamos lo más importante, agradecido en lo que a votos se refiere.

Decían los integrantes de la Generación del 98 que en Castilla anidaba la más profunda esencia de lo español, y puede que Burgos sea uno de los ejemplos más acabados de este axioma en el que, no obstante, tanto hay que discutir. De Burgos salió el ya mencionado Rodrigo Díaz –un mercenario que supo labrarse una posteridad muy de su gusto y que fue el modelo reconocido de uno de nuestros más encantadores presidentes– y desde Burgos dirigieron Franco y sus muchachos la contienda con la que consiguieron liquidar a un alto porcentaje de sus compatriotas. Como contrapartida, de allí procede la historia que alumbró uno de los textos inaugurales de nuestra literatura, y en Burgos está, además, nuestro ancestro más ilustre: el muy visitado Miguelón, tocayo mío, cuyo cráneo salió de las oquedades de Atapuerca, en cuyas oquedades se documenta la fundación de la humanidad entera. Y aunque yo sólo la he visitado una vez, debo reconocer que siento un cariño especial por esa ciudad: en la universidad conocí a muy buenas personas que procedían de allí, y aún tengo con su Santísimo Cristo un asunto pendiente del que tal vez hable algún día.

La batalla de Gamonal, ese frente abierto entre los vecinos de un barrio condenado al ostracismo y las autoridades al mando, ha empezado con los grandes acordes de las revueltas populares, pero tal vez termine con una lánguida cadencia de balada. Porque puede que de la conclusión de este episodio derive una explicación que nos permita sistematizar lo que viene siendo la reacción ciudadana ante el desastre. Lo explicaba muy bien David Torres hace unos días: España no piensa, explota, y estamos a sólo unos pocos muertos de la ignición. Está por ver si en el Gamonal las autoridades son capaces de aplacar a los vecinos y desactivar la amenaza. Y está por ver que Burgos, tierra conservadora devenida en embrión revolucionario, no se acabe convirtiendo en la mecha desde la que comience a arder España.

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