Islas del Sur

Envidiable destino el de Robert Louis Stevenson, que pasó sus últimos días apaciblemente rodeado de luz en el lugar donde quiso morir y recibió el muy honorable título de Tusitala, el «contador de historias»,  de mano de los indígenas que al final de la jornada se reunían a su alrededor para escuchar los extraordinarios relatos que aquel extravagante y desarrapado extranjero gustaba de narrarles.

Stevenson está enterrado en el archipiélago de Samoa, en la Polinesia, donde duerme desde 1894 en una bucólica sepultura encaramada a la cima del monte Vaea. Es célebre el hermoso epitafio que él mismo dispuso para que quedara inscrito eternamente en la que sería su última morada. No obstante, a mí siempre me han parecido mucho más evocadoras estas palabras suyas, quizás las más inspiradas, y acaso también las más proféticas, de todas las que escribió acerca del lugar al que quiso anudar su cada vez más exiguo porvenir: «Hay en el mundo unas islas que ejercen sobre los viajeros una irresistible y misteriosa fascinación. Pocos son los hombres que las abandonan después de haberlas conocido; la mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron. Hasta el día de su muerte, a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, algunos acarician el sueño de un regreso al país natal que jamás cumplirán. Esas islas son las Islas del Sur. Cuentan que en ellas estuvo, en tiempos, el Paraíso».

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