Fármaco con olor a vid

El decimoctavo y último capítulo de En el estado, una de las novelas más peculiares de Juan Benet, lleva por título «Fármaco con olor a vid». Es un encabezamiento francamente llamativo, puesto que no hay en todo el texto pócima alguna que desprenda los aromas propios de los viñedos. A veces hay que jugar un poco para desentrañar determinadas claves. El profesor Francisco García Pérez lo hizo en su momento y dio con la solución del jeroglífico, que expuso en su libro Una meditación sobre Juan Benet, agotado sin que nadie hasta la fecha se haya planteado la necesidad de acometer una necesaria reedición: las letras que componen el sintagma «Fármaco con olor a vid», debidamente trastocadas, dan como fruto un enunciado tan explícito como retórico, «Cómo olvidar a Franco». Benet había publicado esas novela en 1977, dos años después de muerto el dictador, y la cuestión era pertinente. Cuarenta años después, este país propenso a la esquizofrenia donde las condecoraciones a las vírgenes son unas veces reminiscencias del viejo fascio y otras simpáticas concesiones a la voluntad del pueblo, sigue cabalgando a lomos del caballo de Guernica, con las fosas comunes esperando que alguien tenga la decencia de purgar su pasado de ignominia y el Valle de los Caídos convertido en un panteón decrépito al que acuden con sus pleitesías un puñado de nostálgicos trasnochados.

¿Podrá España olvidar algún día a Franco? Es difícil, como difícil es que olviden en Alemania a Hitler, en Italia a Mussolini, en Rusia a Stalin, en Cuba a Fidel o en el Cono Sur a Videla y Pinochet. Todos ellos condicionaron de tal modo el devenir de sus naciones que su huella permanecerá indeleble en las páginas de la Historia. La cultura, que es el espejo de la sociedad, tampoco sabe ni quiere eludir el reflejo. Cuando Isaac Rosa publicó su tercera novela —que era en realidad la primera, aunque sometida a una relectura muy personal—, la tituló ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (Seix Barral) e inauguró así una expresión que se ha vuelto tópica de tanto como se repite cada vez que el mercado editorial anuncia nuevos títulos en torno al conflicto desatado entre 1936 y 1939 y a todo lo que vino después. Si con la llegada de la democracia y el transcurso de los felices ochenta la intelectualidad se volcó en dar su voz a los vencidos, el paso del tiempo ha propiciado una nueva tendencia en la que se exploran los claroscuros de aquella triste época primando, en ocasiones, el factor humano sobre el componente ideológico. En La noche de los tiempos (Seix Barral), Antonio Muñoz Molina se ocupaba de quienes, sin comulgar en absoluto con el abecedario franquista, se mostraban disconformes con el modo en que se estaban desarrollando las cosas en el bando opuesto. Un empeño similar motivó Una heredera de Barcelona (Destino), el debut novelístico de Sergio Vila-Sanjuán. Sería ocioso mencionar, a estas alturas, los Soldados de Salamina (Tusquets) con los que Javier Cercas presentó credenciales a principios de este siglo. Como este tipo de planteamientos suelen conllevar tensiones, hace no mucho se criticó con dureza a este mismo autor, a quien se acusó falsamente de blanquear el franquismo por relatar en El monarca de las sombras (Penguin Random House) la peripecia vital de un tío de su madre, falangista, que murió en el frente del Ebro tras luchar con arrojo y valentía a favor de una causa ilegítima. La rueda no para: en Recordarán tu nombre (Destino), su último libro, Lorenzo Silva recuerda al general Aranguren, que tuvo una relación estrecha con Franco y terminó fusilado por éste tras negarse a apoyar el Alzamiento.

Con Franco empezaba este artículo y a Franco volvemos. Pocos ejemplos hay en la literatura española reciente —aunque algunos sean tan brillantes como la memorable Autobiografía del general Franco (Planeta), de Manuel Vázquez Montalbán, o determinado pasaje de Negra espalda del tiempo (Alfaguara), de Javier Marías– en los que los escritores hayan colocado al dictador en primera línea de sus textos. Sí se han mostrado más dispuestas a ello las artes plásticas. Un curioso híbrido entre las disciplinas textuales y las gráficas lo constituye Franconstein. Una ficción necropolítica. Se trata de una amalgama de textos y dibujos firmados por Alfredo Aracil y Fernando Gutiérrez que plantea un arranque distópico para hilvanar una suerte de ucronía anclada con solidez a los cimientos del Estado democrático. Se viene a fantasear con la posibilidad de que el «atado y bien atado» del que el invicto presumió en su testamento fuese algo más que una figura literaria, y se completa el experimento con una serie de ilustraciones donde la cabeza del Generalísimo va mutando por cuerpos de distinto pelaje que bien podrían terminar siendo los de cualquiera de nosotros. Que ni Gutiérrez ni Aracil conocieran de primera mano las vicisitudes de la vida bajo el franquismo no significa que no se sientan interpelados por sus resonancias lúgubres, seguramente porque la de sobreponerse al franquismo continúa siendo una asignatura pendiente en este solar sobre el que nos movemos. Fármaco con olor a vid.

[El Cuaderno, 2 de junio de 2017]

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