Vine a Comala

Empujado por la efeméride centenaria, anduve estos días de atrás picoteando por las páginas de Pedro Páramo en pos de hallazgos que no por conocidos resultan menos satisfactorios. No estoy seguro de que a este lado del charco el aniversario de Juan Rulfo haya recibido atenciones exhaustivas, como tampoco de que obras como las suyas hubiesen aguantado en las librerías el tiempo necesario para abrirse paso en la posteridad. Pese a todo, está bien incurrir de vez en cuando en estos ejercicios de retorno para cerciorarse de que un clásico alcanza esa categoría cuando nada en él pasa de moda. La prosa de Rulfo, tantos años después, sigue tan fresca como lo estuvo el primer día, y las fantasmagorías que habitan ese relato corto en extensión, pero vastísimo en alcance, aún traen los ecos de ese mundo que siempre está desvaneciéndose y que no deja nunca de ser el nuestro.

Ignoro si Rulfo había leído, antes de pergeñar su obra magna, la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters— hay una edición bastante reciente en Bartleby, con traducción de Jaime Priede—, pero en este regreso a Comala he hallado entre ambos libros conexiones que en el fondo podrían extrapolarse a cualquier otro porque el pasado es la materia prima del arte. Escribir es dialogar con los muertos para proyectar los ecos de esa conversación hacia los vivos. E igual que Masters primero y Rulfo después platicaban con las voces dormidas de sus ancestros, también hay quienes hoy entablan charlas de ultratumba con los viejos maestros a fin de aclarar las penumbras de la contemporaneidad. Pienso en obras aparecidas hace unos pocos meses, como Había humo o neblina o no sé qué (Random House), de Cristina Rivera Garza, y Puertas demasiado pequeñas (Alianza), de Ave Barrera. Se trata en ambos casos de autoras mexicanas. Se trata en ambos casos de textos que tienen en su punto de mira al autor de El llano en llamas, el primero mediante la exploración de las fronteras que separan la narración del ensayo y el otro a través de un relato de corte neogótico que indaga en el mismo sentido del arte.

Lo decía Enrique Vila-Matas a propósito de su última novela, Mac y su contratiempo (Seix Barral), en la que vuelve a ofrecer la mejor versión de sí mismo: la historia de la literatura es la copia imperfecta de un relato original que se fue transmitiendo de boca a oreja y que probablemente hayamos olvidado porque no existe ningún recuerdo, por intenso que sea, que no se apague. Todas las historias vienen a ser en realidad la misma historia y la escritura es un constante afán por encontrarse. Todas podrían comenzar con esas palabras totémicas con que abre el telón una de las grandes joyas contemporáneas de la literatura universal: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.»

[El Cuaderno, 22 de abril de 2017]

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