De Salamanca a ninguna parte

Las redes sociales sirven, sobre todo, para constatar que nos hacemos viejos. Antes, si uno se aburría, tecleaba en Google los nombres de las personas a las que había ido perdiendo la pista por ver si encontraba en la red alguna huella de sus vidas. La llegada de Facebook facilitó mucho las cosas. Me abrí la cuenta en enero de 2008 y lo primero que hice fue ir siguiendo el rastro de los compañeros de la facultad. Enseguida descubrí que ellos habían tenido la misma idea, porque en cuestión de días se tejió una red virtual que me conectó con gente con la que, en el mejor de los casos, llevaba una década sin cruzar media palabra. Eso suponiendo que les recordase, porque a veces me agregaban desconocidos que invocaban un pasado común en las prácticas de Redacción Periodística o alegaban haberme pasado los apuntes de Derecho aquel cuatrimestre en el que se me despistó el tema y casi no aparecí por clase. Yo acogía esas peticiones con generosidad y talante integrador: al fin y al cabo, si no nos habíamos llegado a conocer entonces, bien estaba empezar a conocernos ahora. Por aquellas fechas se cumplieron los diez años exactos de nuestros comienzos universitarios. Alguien colgó una foto de la plaza de San Justo, en la que tanto bebimos, y etiquetó al personal. De inmediato nos pusimos a tramar planes locos para un reencuentro que no llegó a consumarse, pero con el que se fantaseó en los muros durante largos meses. Los nostálgicos de la movida siempre dan la murga con aquello de que desde Madrid se llegaba al cielo. A nosotros nos había enseñado Chema de la Peña que de Salamanca no se iba a ninguna parte.

El otro día alguien reparó en que pronto se cumplirán veinte años de lo de 1998 y nos metió a los ex-combatientes de la Ponti en un grupo privado con la intención de ir montando, esta vez sí, un aquelarre conmemorativo para festejar que hace cosa de dos décadas empezábamos a caminar por nuestro porvenir. Oteé el tinglado y me volví a ver con los dieciocho recién cumplidos, aguardando el amanecer en soledad y muerto de frío en lo alto de la calle Compañía. Cuando me instalé en la avenida de Champagnat, estaba convencido de que los cuatro años que tenía por delante iban a ser todo un mundo. Hoy me pregunto qué fue de ellos, por qué volaron tan deprisa, cómo es que ni siquiera me dio tiempo a recoger con sensatez el equipaje. Hice muchas fotos en aquellos días inaugurales porque hay cosas que sólo se viven para tener luego la posibilidad de recordarlas, pero no sé dónde las puse. Sí conservo unas cuantas de la fiesta con la que dimos por concluida la carrera, en un barco anclado a la orilla derecha del Tormes, una noche en la que todos estábamos ya bastante hartos de Salamanca y seguramente ignorábamos que la vida nos terminaría separando tanto como al final lo acabó haciendo. No sé si habrá transcurrido demasiado tiempo como para que nos sintamos verdaderamente vinculados por algo, aunque sea la posibilidad de un jolgorio. Es más divertido tramar algo que consumarlo y hay lugares a los que resulta imposible volver, por mucho que se vuelva a ellos. Estuve en Salamanca dos veces desde que dejé de vivir allí, y las dos tuve la impresión de que la ciudad ahora pertenecía a otros. El mundo ha de seguir girando y está muy bien que así sea, pero esa certeza asumida no excluye la melancolía. En la vieja Aula 13 en la que asistimos a nuestras primeras clases han puesto ahora el bar de la universidad, lo que no deja de ser una hábil metáfora y un acto de justicia poética, y en aras del nuevo culto al turismo hay que pagar entrada para recorrer los mismos pasillos por los que tanto tuve que caminar yo para cumplimentar puntualmente mis matrículas. Tampoco existen algunos bares por los que parábamos, y ya no atiende el kiosco de la plaza Mayor aquel tipo escuálido de aire agitanado y con aspecto de haber superado todas las hambrunas auspiciadas por la Historia. Sólo cuando entré de nuevo al viejo Alcaraván tuve algo parecido a la sensación de estar en casa. Seguía allí el mismo camarero de siempre. Le reconocí de inmediato, pero de ningún modo esperaba que me reconociese él. «¡Cuánto tiempo! ¿Cómo te va la vida?», me preguntó como si en vez de catorce años hubiesen pasado catorce días. Charlamos un rato y luego me despedí de él con un hasta la próxima. Como si fuese verdad que nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos. Como si fuese mentira que de Salamanca no se va a ninguna parte.

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