Las consecuencias

Siempre ha gozado de una excelente salud esa falacia de que todas las opiniones deben respetarse, pero ahora que las redes sociales propician que todo el mundo se sienta obligado moralmente a emitir un juicio sobre cualquier cosa, y cuanto antes mejor, el delirio va alcanzando niveles alarmantes. Cuando el pasado 26 de junio el Partido Popular se proclamó rotundo ganador de las elecciones generales, el cantante Francisco abrió su cuenta de Facebook y se dedicó a despacharse a gusto contra Mónica Oltra, consejera de Igualdad en la Generalitat valenciana, a la que definió como «escoria», «descerebrada» e «incómoda de ver» (sic) antes de recomendarle ciertas dosis de «pollardón y pichicilina» (más sic) en el caso de que hubiese por ahí un buen varón dispuesto a proporcionárselas. Unos días más tarde, el torero Víctor Barrio fallecía en la plaza de toros de Teruel a causa de una cornada, y no faltaron las voces que, haciendo gala de un peculiar sentido del civismo, la urbanidad y las buenas costumbres, comenzaron a festejar su muerte con la misma algarabía con que se celebra en ciertos pueblos la caída de la cabra desde lo alto del campanario. Entre todos los comentaristas desafortunados y tristísimos que aprovecharon la desgracia del torero y su familia para exhibir sus propias miserias, destacó un maestro que lamentaba, literalmente, que la misma cornada que acabó con la vida de Barrio no hubiese laminado también la de «los hijos de puta que lo engendraron y toda su parentela». «Hoy es un día alegre para la humanidad. Bailaremos sobre tu tumba y nos mearemos en las coronas de flores que te pongan», culminaba su sonrojante parrafada.

En ambos casos hubo consecuencias. A Francisco el Ayuntamiento de Gijón le canceló un concierto que tenía previsto dar unos días después en la ciudad. En cuanto al maestro, se abrió en Internet una campaña de firmas para pedir su inhabilitación profesional. De inmediato se levantaron voces clamando contra ambas iniciativas por entender que al ponerlas en marcha se cuestionaba la libertad de expresión tanto del cantante como del docente, quienes se habrían limitado a dar su opinión sobre asuntos en los que, por una u otra razón, se sentían involucrados. No puedo estar de acuerdo. Más allá de que las medidas en respuesta se juzguen o no adecuadas, creo pertinente recordar que la libertad de expresión, si bien no está sujeta a censura previa, sí lo está a responsabilidades ulteriores, entre ellas las que tienen que ver con el respeto a los derechos y la reputación de los demás. Que a Francisco las políticas de Compromís le parezcan erróneas —y es mucho suponer, dudo que se haya detenido a analizarlas— no justifica que se lance a llamar fea y malfollada a su cara más visible. Que a un maestro la tauromaquia le parezca un espectáculo arcaico y deleznable no le da derecho a mofarse de un chaval muerto en su ejercicio ni a hacer burla de sus familiares. Las libertades, como todo, pueden usarse bien o mal, y en ambos casos no son opiniones ni ideas lo que se proclama a los cuatro vientos, sino insultos y actos de violencia verbal más propios de potenciales maltratadores —casi se puede imaginar uno a Franciso y el maestro en la barra de una tasca, con los primeros botones de la camisa desabrochados para que asomen bien los pelos en el pecho, el palillo entre los dientes y gritando ponnos otra de coñac, que estamos secos, me cago en Dios y en la Virgen— que de personas presuntamente ilustradas y en plena posesión de sus facultades intelectuales. No es el debate lo que se busca, sino la confrontación. No la concordia, sino el odio. Todo ello de manera gratuita, porque sí, y muchas veces basándose en afrentas que sólo existen en la imaginación de quienes las esgrimen. Y, por supuesto, parapetándose en la convicción de que hablar es gratis y no cabe esperar consecuencias de las barbaridades que uno pueda soltar ante la audiencia. Lo decía bien mi amigo Milo J. Krmpotic’: «La fórmula “tengo Twitter, ergo mi opinión vale algo” es la gran falacia de este siglo XXI». La libertad de expresión consiste en decir cualquier cosa sin tener que pedir permiso a nadie, no en decir cualquier cosa sin que nadie te llame imbécil, o sin que aquellos que se puedan sentir heridos por las palabras, porque las palabras hieren, vengan a pedir cuentas luego.

[Artículo original publicado en La Voz de Asturias]

lidia

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