«Cafè amb llet»

La historia ha dado tantas vueltas que casi no merece la pena ni resumirla. Quimi Portet, músico que se hizo famoso al constituir una de las dos mitades del exitoso dúo El Último de la Fila, pidió un «cafè amb llet», en catalán, en el bar del ferry que cubre el trayecto entre las islas de Formentera e Ibiza. El camarero que se ocupó de atenderle le explicó que no entendía ese idioma, aunque sí otros (el italiano, el gallego y el inglés entre ellos, si no me equivoco), y le conminó a que se dirigiera a él en castellano. Portet, supongo que enfurecido, no accedió, se fue de la cafetería y al instante publicó un tuit dirigido a la empresa responsable del servicio quejándose de la atención recibida. No contento con eso, regresó al bar para sacarle una foto al encargado y subirla a las redes con un resumen de su respuesta, a fin de que sus jefes y los internautas pudieran ver la cara del trabajador cuya presunta ofensa le había impedido desayunar tranquilamente. La empresa respondió que tomaría medidas, el músico le dio las gracias y a partir de ahí se gestó una monumental discusión con posturas a favor y en contra que durante al menos un par de días tuvo entretenidos a los irreductibles inquilinos del ciberespacio.

Cuando hace unos años fui a conocer a Juan Cueto a su vieja casa de las afueras de Gijón, pronunció un titular lapidario, «El progreso fue un fracaso», que me dio vueltas en la cabeza durante varios días. Entonces aún no había cumplido Twitter su primer lustro de vida y Facebook se estaba consolidando como herramienta (o fin) de uso generalizado. La anécdota de Portet y el camarero admite varios planos de debate. El más obvio tiene que ver con la función de las lenguas en tanto que vehículos para la comunicación y lo absurdo que resulta utilizarlas con el fin de levantar parapetos en vez de para tender puentes. El más preocupante se refiere a quienes usan su presencia en las redes, y la situación de cierto poder que han conseguido ocupar en ellas, para ejercer de inquisidores de todo aquello que les incomoda y exigir reparación por agravios que muchas veces sólo existen en su imaginación. Es muy posible que la respuesta del camarero a la petición del «cafè amb llet» fuese una chulería, y es lógico que Quimi Portet se enfadara y que hasta escribiera en su Twitter una alusión al respecto. Lo que no entra dentro de la normalidad, y hasta resulta despreciable, es que además de señalar públicamente al trabajador ante su empresa le fotografiara para difundir su rostro con la intención de causar un daño al que el compositor no podía ser ajeno. Evidentemente, resulta aconsejable que alguien que desempeña una labor profesional en un territorio donde se habla catalán tenga unas mínimas nociones de esa lengua —en realidad, sería bueno que todos los españoles tuviéramos unos conocimientos básicos de todas y cada una de las lenguas del Estado—, pero también que esa carencia no supone grandes problemas porque, por fortuna, existe otro idioma común y el bilingüismo no es una frontera, sino un privilegio. Pero también es evidente que promover el linchamiento público de alguien no es un comportamiento cabal ni ajustado a derecho, mucho menos si la causa es un café con leche, y que por el contrario recuerda más a las viejas tácticas fascistas que consistían en señalar al adversario para propiciar una cacería que podía terminar tanto con un fusilamiento como con el vecino del quinto convertido en jabón. Quizás me haya equivocado al comenzar este párrafo y no existan dos debates solapados, sino sólo uno: el del modo en que nos obstinamos en lograr que aquello que en principio debería unirnos termine separándonos. Unos días es la lengua, otros la discusión política y a veces el poder multiplicador e intimidatorio de unas redes sociales en las que a menudo, más que dialogar, se cruzan consignas contrapuestas. Tal vez sea cierto que lo que en términos tecnológicos llamamos progreso no esté siendo más que un gran fracaso. Me lo dijo Juan Cueto cuando aún no habíamos inaugurado la presente década, y él algo ha sabido siempre de estas cosas.

[Artículo original publicado en La Voz de Asturias]

ultimo

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