De fiesta

No entendí eso de la fiesta de la democracia hasta que la última noche electoral me cogió en Madrid y unos amigos me arrastraron con ellos hasta las puertas del Toni 2, ahí en la calle del Almirante. Eran ya las tres y pico de la madrugada del lunes, pero aquello estaba tan concurrido como el metro de Sol en la hora punta de un día laborable. Nos acomodamos en un sillón del fondo, cerca de una señora tan vieja que parecía la momia de Celia Gámez. El pianista atacó unos acordes y la concurrencia estalló en una algarabía tabernaria. Por la calle de Alcalá, con la falda almidoná, y los nardos apoyaos en la cadera. Ni mis amigos ni yo habíamos ganado las elecciones, pero allí dentro tuvimos la impresión de que acabábamos de ganar la guerra civil. Dos o tres horas después paré un taxi junto a la Cibeles y cuando el taxista me preguntó a dónde quería ir, yo le respondí muy serio que al exilio. Al día siguiente, otro amigo me contó que había pasado la noche donde la plaza del Reina Sofía, en el aquelarre de Podemos, y que la gente saltaba y coreaba sin saber muy bien si estaba asaltando el cielo o llamando a las puertas del psiquiatra. Teníamos los dos la confusión propia del que baja a comprar tabaco, decide tomarse una cerveza en el bar que queda junto a su casa y termina viendo amanecer en el banco de cualquier parque, mientras la noche se desvanece y la memoria emprende la reconstrucción de unas horas en las que cualquier convención, también la de la verosimilitud, quedó radicalmente suspendida. Que la flor que usted me da, con envidia la verá, todo el mundo por la calle de Alcalá.

El secreto de las fiestas está en espaciarlas según criterios regidos por el aguante y la conveniencia. En Salamanca vivió un tiempo con nosotros un tipo que casi nos doblaba la edad y que cada jueves se apuntaba sin dudarlo a las juergas con que inaugurábamos los largos fines de semana junto al Tormes. Cuando al día siguiente repetíamos la jugada y pasábamos por su habitación a buscarle, lo encontrábamos derrengado en la cama. «Ya llegaréis a mis años, hijos de puta», decía mientras sacaba otro ibuprofeno del cajón de la mesita. Como éramos unos recién llegados a la ciudad y a la alegría, no le hicimos mucho caso hasta que la experiencia nos fue convenciendo de la razón que se escondía tras aquellas palabras tan sabias. Antes las fiestas de la democracia se celebraban cada cuatro años y eso estaba bien, porque un cuatrienio es un lapso razonable para reponerse de la celebración anterior y preparar las coordenadas vitales para otro exceso. Ahora que los tiempos se han reducido y se nos convoca a una juerga por semestre, se corre el riesgo de empachar al personal y propiciar más el hastío que la sonrisa. Los recién llegados tienden a abusar del protagonismo porque creen que su atractivo irresistible no puede sino atraer a quienes creían haberlo visto ya todo sobre la pista, y cuando uno se gusta demasiado no suele reparar en que los defectos resultan, al menos, tan evidentes como las virtudes. Se pasa muy rápidamente de ser el centro de la fiesta al brasas insoportable al que rehúye todo quisqui, y hasta el tonto del pueblo sabe aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. Nardos no cuestan dinero, y son lo primero para convencer. El domingo, a última hora, habrá que apagar la música y recoger los vasos rotos. También cruzar los dedos para que dentro de un par de meses, pongamos, no se les ocurra invitarnos a otra fiesta en la que lo único seguro es que, pase lo que pase, no pagarán ellos. Luego, si alguien se los pide, nunca se le olvide, que yo se los di.

[Artículo original publicado en La Voz de Asturias]

audrey

«Desayuno con diamantes» (Blake Edwards, 1961)

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