Querida Esperanza

Dos puntos. Al principio creí que se trataba de un error. En primer lugar, porque no te conozco de nada, pero también porque vi que te dirigías a tu madre y a tu padre y yo aún no he tenido descendencia. Al cabo de unos minutos, aguantando el tipo, alcancé el párrafo en el que explicas que tu carta llegará a todos los hogares españoles a fin de que el país entero (o la patria toda) comparta tu epifanía. Comprobé entonces con alivio que no es que el insaciable régimen del 78 haya corrompido también el servicio de Correos, sino que tú misma has decidido amplificar los ecos de tu prosa aprovechando que andamos en campaña y que las subvenciones electorales, al fin y al cabo, están para gastarlas. Con cariño te lo digo, Esperanza, querida: no ha sido tu mejor idea. No dudo que seas buena chica, ni tengo por qué pensar que finges esa nostalgia tan arrebatada que te hace añorar España a cada paso que das por la City, pero a menudo la línea que separa el sentimentalismo de la pornografía es más fina de lo que pensamos, y tú en tu escrito la cruzas de un lado a otro varias veces. Ten cuidado: algunos padres lo soportan todo, pero los desconocidos tendemos a ser implacables.

Ya que estamos, tengo que decirte que me desconcierta un poco lo de tus progenitores. Los míos pasan ya de los 60 y saben usar el Skype y el Facebook con más soltura que yo, que soy sólo un poco mayor que tú. A los tuyos, en cambio, los describes como un par de paletos irrecuperables, y no sólo eso: más que a la generación que en buena lógica les corresponde, parecen adscritos a esa quinta que tras la Guerra Civil protagonizó el éxodo del campo a la ciudad. De tus palabras deduzco que votaron al PSOE en 1982, que le siguen votando hoy y que no por eso dejas de quererles. Déjame que te felicite: eres una mujer extremadamente generosa.

Me preocupa que lloraras con Espinete, porque eso muy normal no es, aunque tal vez así se explique que te hayas tragado entero el rollo de los del todo por la patria, vivan las sonrisas y arriba los corazones. No me extraña, porque cuando uno vive fuera de casa tiene la sensibilidad a flor de piel y determinadas frases entran mejor que una cerveza en una noche de verano. Dices que eres licenciada en Biología Molecular y que trabajas en Londres de lo tuyo, lo que al fin y al cabo tampoco está nada mal. Peor sería haberte quedado en el barrio, creciendo con los pedorros a los que ya tuviste que aguantar en el instituto, y seguro que allí tienes un buen sueldo. Entre el blanco y el negro hay una inmensa escala de grises. Lo de supeditar tu alegría y tu felicidad y tu futuro y tus besos a la victoria de un partido político me parece, aparte de una ñoñez, una temeridad importante en alguien que cursó estudios superiores y, se supone, ha tenido que bregar duro en la vida para llegar a donde está. Deberías saber que el criterio propio ha de estar por encima de los intereses ajenos. Nunca me he fiado ni de quienes siempre están dispuestos a convertirse en lacayos del primero que aparezca portando una bandera ni de los iluminados que aprovechan la frustración de la parroquia para acaudillar las ilusiones de sus semejantes. Esperanza, querida, no te los tomes en serio, que tan pronto dicen que el PSOE y el PP son la misma mierda como te sueltan que Zapatero, el del 135 y la reforma laboral, fue el mejor presidente de la democracia. La volubilidad es la norma y la coherencia hace tiempo que cotiza a la baja. El mundo, por otra parte, es como es. Ni me lo he inventado yo ni lo han creado ellos. El paño lo conocemos todos y, a la hora de la verdad, el emperador suele ir desnudo.

Una última cosa, amiga. La próxima vez que escribas una carta, piénsalo un par de veces antes de divulgar su contenido. Y si no puedes reprimirte, al menos deja que le eche un ojo alguien que entienda. Con la de filólogos y periodistas que hay en el paro, sería un detalle aprovechar sus servicios en vez de difundir alegremente tus melosidades de esa forma, sin pulir ni revisar. Tampoco pongas corazoncitos en la firma, que eso pasó de moda cuando se dejó de imprimir la Súper Pop, y anímate, mujer, que la vida son dos días y la mitad, encima, llueve. Un beso grande, y no te olvides de darles recuerdos a tus padres. Si es que te siguen hablando.

[Artículo original publicado en La Voz de Asturias]

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