El final de Jovellanos

Se conserva todavía en Puerto de Vega, tierra de balleneros y corsarios, la casa que perteneció a Antonio Trelles Orozco y en cuyos aposentos falleció, un día de noviembre de 1811, el ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. Es una mansión de aires inequívocamente nobiliarios, pero cuya arquitectura no presenta ninguna singularidad excepcional, de modo que podría pasar inadvertida para el viajero desavisado si no fuera porque en su fachada se cuelga una monumental placa que da cuenta del fatal desenlace acontecido entre sus muros. Muy cerca, a las afueras del pueblo, se alza la monumental iglesia de Santa Marina, cuyos interiores presumen de una ostentación barroca que contrasta irremediablemente con su exterior blanquecino y deteriorado por el salitre de los vientos. Dentro, una tumba hoy vacía recuerda que allí recibió su primera sepultura quien ocupara el cargo de ministro de Gracia y Justicia en tiempos de Carlos IV.

Fue un triste desenlace el de Jovellanos, hostigado por los suyos y por los invasores, y triste fue la mayor parte de su biografía, obligado como estuvo a emprender una huida constante en la que tuvo que padecer exilios, envenenamientos e infortunios varios. Dos siglos después de su desaparición, su obra sigue siendo pobre en el aspecto literario, pero riquísima en cuanto a ideas y horizontes: una prosa de palabras claras que luchan por trazar las líneas maestras con las que habrá de dibujarse el porvenir. Su vida, por el contrario, sigue siendo un enigma en muchos aspectos. Se acaba de publicar una novela, Nuestros hijos volarán con el siglo (Salto de Página), en la que Juan Pedro Aparicio da cuenta de todas estas cosas y novela el que fue el último y frustrado viaje de Jovellanos: el que quiso emprender desde el Gijón asediado por los franceses hasta la gallega Ribadeo, de donde esperaba zarpar hacia Londres, pero que quedó perennemente frustrado en la remota Puerto de Vega, una villa que en el momento del desembarco les tuvo que parecer inhóspita y que respira hoy el aire lánguido de los lugares que conservan memoria de sí mismos. Lo puede comprobar quien la visite y, en una gris tarde de otoño, dedique unos minutos a sentarse ante esa casa entre cuyos muros se extinguió una idea de España que parece condenada a malograrse siempre. «Nación sin cabeza», dicen que fueron sus últimas palabras. No cabe añadir muchas más cosas al dictamen.

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