Ecos del 34

Durante mucho tiempo la Revolución del 34 constituyó un pozo negro en la historiografía. La represión y el silencio impuestos por el régimen franquista tras su apabullante triunfo de 1939 llevó a que el relato de lo que sucedió en los escasos días que se mantuvo en pie lo que se ha dado en llamar la «comuna asturiana» se construyera a partir de confidencias a media voz y evocaciones de veracidad dudosa que nadie tenía ocasión de contrastar. Tuvo que llegar la democracia para que, al fin, se abriera la posibilidad de arrojar algo de luz sobre aquel episodio histórico que supuso, entre otras cosas, el debut de Francisco Franco en las tareas de exterminio que luego le proporcionarían merecida fama. A este respecto, puede que no esté suficientemente señalado —o que haya caído inmerecidamente en el olvido— el trabajo ímprobo que realizó Paco Ignacio Taibo II cuando, al final de la década de 1970, empleó un par de años en recorrer la cuenca minera asturiana a la caza y captura de testimonios y fuentes documentales que permitiesen reconstruir aquellos fogosos pasos perdidos. De su entrega quedó constancia en una obra magna que llevó por título Asturias 1934 y que publicó, en dos tomos, el recordado Silverio Cañada. Era difícil dar con él, a no ser que uno frecuentara durante el mes de julio los puestos de segunda mano de la Semana Negra de Gijón, y por eso algunos celebramos mucho que el grupo Planeta se aviniera a rescatarlo, a través del sello Crítica y esta vez en un solo tomo, con el título Asturias, octubre 1934. Decir que se trata de una reedición sería mentir, porque para su relanzamiento el propio Taibo se ocupó de revisar el texto, incorporar descubrimientos realizados tras su primer trabajo de campo y aumentar considerablemente el aparato crítico.

No parece que haya existido, pese a que llevemos ya cuatro décadas en democracia, demasiado entusiasmo a la hora de rememorar y analizar la épica derrota con que se saldó la última revolución que se desarrolló en España. Ni siquiera los herederos ideológicos de quienes la promovieron parecen conmoverse demasiado siempre que la brisa devuelve ecos de aquellos días inciertos. No sorprende mucho si se tiene en cuenta que tratar con el pasado puede resultar molesto por las lagunas oscuras que se suelen hallar en él, pero también por la posibilidad de que su observación termine por poner en evidencia el presente. El cineasta Ramón Lluís Bande, que anda preparando un documental sobre la figura de Belarmino Tomás, me lo comentaba hace unos meses: es triste que en Gijón, tras treinta años de gobiernos progresistas, nadie haya colocado en los bajos de la Casa Blanca una placa que recuerde que en ese lugar, al pie de la plaza del Parchís, estuvo la sede del Consejo Soberano de Asturias y León.

Por eso refresca tener nuevas noticias del empeño en el que el historietista Alfonso Zapico lleva embarcado desde hace ya al menos un lustro. Acaba de salir el segundo tomo de La balada del Norte (Astiberri), el cómic en el que detalla las vicisitudes de la rebelión minera, y recorrer sus páginas es enfrentarse al relato pormenorizado de lo que fuimos y, por tanto, a los porqués de lo que somos. Zapico nació en Blimea y conoce el paño, porque ha heredado recuerdos de los que ha logrado apropiarse hasta acabar convirtiéndolos en la materia prima de un trabajo excelente que, pese a su promesa inicial, aún se extenderá en un tercer y último volumen que pondrá el foco en la represión que llegó una vez certificado el fracaso revolucionario. Sería ocioso ponderar aquí unas virtudes que ya han sido lo suficientemente ensalzadas por voces mucho más entendidas que la mía, pero no está de más señalar cómo en su trabajo la delicadeza virtuosa de los dibujos se combina con la armonía de un guión que discurre con brío y naturalidad sin orillar los elementos incómodos. Lo peor de leer su epopeya contemporánea es que, a la hora de cerrar el libro, uno sabe que habrá que soportar una espera larga hasta que llegue el siguiente. Con la segunda entrega recién degustada, no obstante, sobra materia para formular una aseveración certera y poco o nada cuestionable: la mejor novela sobre la Revolución del 34 en Asturias la está escribiendo un dibujante.

[El Cuaderno, 12 de mayo de 2017]

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