La nave del último viaje

«¿Son españoles? ¿Conocen el hotel Quintana? No se puede visitar, pero allí murió Antonio Machado y detrás, en el cementerio, está su tumba». La mujer nos muestra, a través de los ventanales de su tienda, un coqueto edificio color salmón que se alza al otro lado de la plaza del general Leclerc. Ha reconocido nuestro acento y, aunque asentimos para darle a entender que conocemos bien la historia, continúa ilustrándonos: «Vivió en Collioure sus últimos días, vino muy enfermo y falleció aquí. Una historia muy triste». Le damos las gracias en francés, sonreímos por última vez y nos alejamos en la dirección que marca su mirada. Ella no puede saberlo, pero sin querer ha dado de lleno con la razón de que estemos hoy aquí. Son las nueve de la mañana, sobre el pueblo planean unas nubes inofensivas que pronto desaparecerán para dar paso a una de las jornadas más radiantes del verano (los días azules, el sol de la infancia) y nosotros nos encontramos en este rincón extraviado en el backstage de la frontera porque hemos querido venir a compartir una derrota.

Antonio Machado puso el pie en Collioure el 28 de enero de 1939, después de un periplo lamentable en el que tuvo que sufrir todas las penurias del exilio. Le acompañaban su madre, su hermano José, la mujer de éste y el escritor Corpus Barga. Llegaron en tren, era invierno y acababan de perder una guerra. Nosotros desembarcamos en el pueblo en un alegre mediodía de agosto, y aunque estamos de vacaciones y la Historia no nos señala como víctimas —aunque puede que algo hayamos perdido sin percatarnos—, terminamos encontrando aparcamiento justo al lado de la estación de ferrocarriles, lo que hace que, por puro azar, nos encontremos repitiendo el mismo itinerario que el poeta y los suyos se vieron forzados a hacer hasta dar con un alojamiento en aquel pueblo de pescadores del que nada sabían. Es un trayecto corto, y lo primero que hacemos una vez en el centro es buscar el rastro de Juliette Figuères, la primera persona que prestó un poco de atención a los Machado, les ofreció un café caliente y se dispuso a escuchar lo que pudiesen querer contar aquellas personas tan desarrapadas que irrumpieron en su tienda con toda la tristeza del mundo cargada a sus espaldas.

De aquella modesta mercería sólo quedan hoy el inmueble que la acogió, una vetusta casa cuya fachada mira hacia la plaza del general Leclerc, que aquí todo el mundo llama «la Placette», y el testimonio que la propia señora Figuères ofreció a todos aquellos que, tras la muerte de Machado, se acercaron a Collioure para preguntar por los últimos momentos del poeta. Ella explicó que habían llegado a su tienda preguntando por el Bougnol-Quintana, un hotelito que les recomendó un ferroviario con el que se encontraron en la estación. Efectivamente, la posada se encontraba allí mismo, justo al otro lado de la Placette, pero la lluvia caída en los días anteriores había anegado por completo el cauce del Douy, un pequeño arroyo que cruza el pueblo, y la familia tuvo que aguardar a que el marido de la mercera les encontrara un taxi para llegar, al fin, ante sus puertas. Esa eventualidad hizo que trabaran una pequeña complicidad que se iría afianzando en las semanas siguientes: José Machado pasaba por allí a recoger la prensa atrasada para llevársela a su hermano, y el matrimonio Figuères regaló a la familia algunas mudas y camisas para hacerles más llevadera la extrema pobreza con que habían tenido que abandonar España. El hijo de Juliette, Georges Figuères, todavía vive. A sus ochenta años, aún recuerda cómo se subía sobre las rodillas de José cada vez que éste acudía a la tienda y el cariño que su familia sintió siempre hacia los Machado y hacia la causa que, muy a su pesar, acabaron simbolizando.

hotel

Pero volvamos al inicio de esta crónica: estamos a primeros de agosto, en una mañana que se dispone a ser radiante, y nos adentramos en la Placette porque, pese a la advertencia de nuestra tendera, nosotros sí hemos obtenido el salvoconducto necesario para conocer las interioridades del viejo hotel Quintana. A sus puertas nos esperan Joëlle Santa Garcia y Marie Garcia, presidenta y secretaria, respectivamente, de la Fundación Antonio Machado, y son ellas quienes han conseguido localizar a Jean-Pierre Quintana, el propietario actual del inmueble, que muy amablemente ha accedido a enseñárnoslo. La Fundación se creó en 1977 para perpetuar el legado de Antonio Machado y, aunque desde entonces ha experimentado diversas mutaciones, permanece fiel a su vocación de mantener vigentes el nombre y la obra del poeta. En su honor celebra, cada mes de febrero, unas jornadas en las que se entrega su Premio Internacional de Literatura, y bajo la advocación machadiana convoca un premio de redacción dirigido a escolares franceses y españoles. Joëlle y Marie nos acompañan en el ascenso por las escaleras que, desde el exterior de la fachada, conducen hasta la segunda planta del hotel Quintana. El edificio está abandonado, aunque se conserva en un estado más que aceptable teniendo en cuenta su antigüedad. Jean-Pierre, que vive en París y viene al pueblo todos los veranos, nos explica que no está dispuesto a venderlo de cualquier manera. La Fundación suspira por instalar allí su sede, pero aún no ha sido posible alcanzar un acuerdo entre el propietario y el Ayuntamiento de Collioure. Entre tanto, el edificio languidece con ese aura honorable que le confiere el hecho de haber sido el último hogar de uno de los mayores poetas del siglo XX. En la habitación que aún lleva el número cinco, situada en un costado del piso alto y cuyas ventanas dan a una frondosa arboleda tras cuyas ramas se puede adivinar el difuso perfil del cementerio, aún se conserva la cama donde velaron su cadáver el 22 de febrero de 1939. Sobrecoge presenciar la estampa —en vivo, en directo y en color— y compararla mentalmente con aquella otra imagen en blanco y negro en la que alguien inmortalizó el cuerpo de Machado, bajo este mismo cabecero y envuelto en la bandera republicana. Joëlle y Marie nos explican que en realidad él no ocupó este cuarto, sino otro que se encuentra a unos pocos pasos, en una dependencia que se abre al inicio del pasillo y se compone de dos habitaciones, una interior y otra exterior. ¿Cuál perteneció a José y a su esposa y en cuál dormían Antonio y su madre? La cuestión no acaba de estar clara. Hay quien asegura que el poeta ocupaba la interior, porque estaba muy enfermo y de ese modo se podía acceder directamente a su lecho desde el corredor, y quien asegura que tanto él como su madre yacían en la otra, mucho más luminosa y cuya ventana, además de facilitar la ventilación, ofrecía unas vistas que acaso contribuían a calmar los achaques y el espíritu. Nos asomamos para que nuestra mirada de hoy confluya con la que tal vez Machado desplegó entonces, y al otro lado hallamos un paisaje en verdad balsámico: a nuestros pies emerge el cauce seco del Douy, que se aleja en paralelo al bulevar de Camille Pelletan para acabar extinguiéndose junto a las dársenas del pequeño puerto; al fondo, el mar se dibuja como una promesa asumible y, a la vez, etérea, como esas verdades que se aparecen diáfanas en las orillas del sueño y cuya fuerza el despertar diluye lentamente. ¿Cuántas veces observaría Machado aquel horizonte desde ese lecho, que iba a ser el último? No hay manera de saberlo, pero aquí en Collioure se da por seguro que el famosísimo último verso que hallaron entre sus ropas tras darle sepultura («Estos días azules y este sol de la infancia») fue escrito, si no a la vista de este paisaje que ahora contemplamos, sí ante uno muy similar y, desde luego, adscrito a estas mismas latitudes. Es una de las razones, pero no la única, que avalan a Joëlle y Marie en su rotunda respuesta a una cuestión ciertamente espinosa que, de tanto en cuando, se plantea a este lado de los Pirineos: ¿deben trasladarse a España los restos de Machado? «Rotundamente, no», señala Joëlle; «él no está aquí por casualidad, sino porque cruzó la frontera para salir de una España en la que estaba triunfando aquello contra lo que él combatía; su sepultura se deriva de esa decisión que tuvo un carácter político, y además de a sus descendientes pertenece a la Historia». Marie, a su lado, tercia: «en el cementerio de Collioure no hay ninguna fosa dedicada a los republicanos españoles, y la tumba de Machado se ha acabado convirtiendo en un símbolo en el que se reconocen todos los exiliados; además, es la única tumba de Francia, y puede que en España haya poquísimas, en la que cada día está presente la bandera de la II República».

Jean-Pierre se despide cuando regresamos al exterior y las dos responsables de la Fundación nos llevan hasta su sede. Allí, en un bajo municipal de la plaza de la República, tienen archivados los libros que han venido publicando, las obras reconocidas en los premios literarios que convocan y también los mensajes que diariamente llegan al buzón instalado junto a la tumba de Machado, que sorprendentemente se ha convertido en una especie de santo laico. Uno de los textos pide ayuda para encontrar «el amor verdadero», otro ruega al poeta que, allá donde esté, mande saludos «a Federico, Pablo y Miguel», en referencia a Lorca, Neruda y Hernández. También hay dibujos, elaboradísimas filigranas en madera o trabajos escolares. «Uno de nuestros primeros objetivos», nos cuenta Joëlle, «es que la propia gente de Collioure conozca bien la historia de Machado, porque, hasta no hace mucho tiempo, ésa era la gran asignatura pendiente de este pueblo». Marie asiente y relata que lo normal era que, a diario, llegaran hasta aquí autobuses repletos de españoles sin que los vecinos acabaran de comprender muy bien qué ocurría. Poco a poco, han ido tomando conciencia, en parte porque la propia Fundación se ha encargado de convertir cada 22 de febrero en una fecha especial para el pueblo y en parte porque a su vera se han venido desarrollando iniciativas que no buscan otro objetivo que garantizar la persistencia de la memoria machadiana en este rincón francés. Al cabo de una hora larga de charla, Joëlle y Marie rechazan el aperitivo con el que queremos agradecer sus exquisitas atenciones: se les hace tarde y deben regresar a Perpiñán, donde residen y trabajan como profesoras de Literatura. «Vayan al cementerio», nos sugieren antes de alejarse, «y comprobarán que la de Machado es una tumba viva».

No les falta razón. Cuando llegamos allí, sobre la lápida que custodia los cuerpos de Antonio y de su madre, fallecida dos días después de que lo hiciera su vástago, reposan los indicios de que, en efecto, éste es un lugar concurrido: alineaciones de piedras, flores, un tupper que, seguramente, contiene tierra de España. Para hacer buena la observación de Marie, alguien ha colgado del cabecero una bandera republicana. La afluencia es, además, constante. En el largo rato que permanecemos allí, vienen a acompañarnos dos personas solitarias —hombre y mujer—, un matrimonio que parece provenir de lo más profundo de Castilla y dos grupos —madre, hijo y abuelo; dos parejas jóvenes— que involuntariamente repiten el mismo ritual: se quedan unos minutos observando la lápida, caminan unos pasos por los alrededores, conversan entre ellos en voz baja y se van. Las responsables de la Fundación nos han contado que, no hace mucho, llegaron aquí unos excursionistas que, tras descorchar una botella de vino, se la bebieron en silencio como homenaje al poeta. También que, en el buzón, depositan a veces cigarrillos para que Machado, gran fumador, los deguste en el más allá. Al pie de la losa que vela sus sueños, una inscripción recuerda los últimos versos de su conocidísimo «Retrato». Tal vez para recordar que la nave que nunca ha de tornar prosigue aquí, bajo estos cielos azules en cuyo sol late el recuerdo de los juegos de la infancia, su perpetua singladura por las marejadas de la Historia.

tumba

[Publicado originalmente en la revista Qué Leer, en noviembre de 2014]

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